De mal en peor

Mientras que la economía del país se desmoronaba a la vista de todo el pueblo soviético la Fuerza Dirigente de la URSS reunía en sus congresos a sus representantes, elegidos entre sus favoritos, para anunciar a todo el mundo verdades de Perogrullo.

Tales eran, por ejemplo, las "frases sacramentales" del ya enfermo y casi paralizado Brézhnev respecto a que "la economía debe ser económica".

Los dirigentes hacían la vista gorda a las señales que les enviaban los ciudadanos "de a pie" y procuraban archivarlas cuanto antes y de cualquier modo.

En los 14 años que trabajé en el Gossnab de la URSS - en el que "sobreviví" a tres Presidentes del Comité que al mismo tiempo desempeñaban los cargos de Vicepresidentes del Consejo de Ministros de la URSS - me vi obligado a escribir varios informes a cada uno de ellos pidiendo ayuda en la introducción del "ESSKS".

Yo estaba obligado a informar a mis superiores de la situación existente, aunque sabía que a ninguno de ellos les gustaba oír aquella verdad.

Nadie hacía caso de nada. Y no era por no comprender de lo que se trataba. Al revés: lo comprendían perfectamente.

Fue entonces cuando decidí dirigirme con una carta a Mijaíl Solomentzev - Presidente del Comité de Control del PCUS adjunto a su Comité Central y última instancia existente en la estructura de la fuerza dirigente del país. Exponía en la carta, entre otras cosas, que los pedidos detallados de materiales y artículos de más de cuatro mil empresas nacionales de toda la URSS, necesarios para el cumplimiento en 1988 el plan de ejecución de las obras previstas en este plan - pedidos recogidos en directo mediante el sistema ESSKS - eran corregidos "a ojo" por algunos Ministros de la URSS, algunos de ellos miembros del Comité Central del PCUS, candidatos a miembros del Buró Político e incluso un miembro de este último, sin autorización alguna del Gobierno de la URSS y sin la conformidad de los directores de dichas empresas.

Terminaba así la carta:

Considerando que el cumplimiento de las leyes soviéticas - en particular la ley que concierne a la empresa socialista, eslabón fundamental de la economía - es en el difícil periodo de la perestroika una cuestión sagrada para cada comunista, le ruego a Usted que encargue al aparato del Comité estudiar urgentemente la cuestión que planteo con el fin de no permitir que al aprobar el Plan de desarrollo económico y social de la URSS para 1988 se cometa, según mi opinión, un grave error económico y político.

Un caluroso día del verano de 1987 me llamó por teléfono el jefe de uno de los Departamentos del Comité de Control del PCUS.

Era una buena persona que me escuchó atentamente, me hizo algunas preguntas con las que intentaba saber hasta qué punto yo dominaba el asunto que planteaba en mi carta, quedó satisfecho de mis respuestas, me dijo que transcurridos unos días me invitaría de nuevo y... hasta la fecha.

Inna cree que debo jubilarme

Cuando un día regresé del trabajo a casa - como siempre muy tarde, pero más agotado que habitualmente - Inna me dijo que debía jubilarme.

Me dijo que recordase que la vida no era eterna; que nuestra salud dejaba mucho que desear; que el país se encontraba en un período de transición a no se sabe dónde y que - en semejante situación de desmoronamiento político, económico y moral del país - mis intentos de establecer principios lógicos y modernos en mi trabajo eran inútiles.

Aquellas palabras de Inna me causaron dolor, pero me abrieron los ojos ante la realidad. Ella tenía razón.

Ya era hora de que yo reconociese que la creación de cualquier sistema de control del abastecimiento en la URSS estaba condenado a no existir jamás, pues iba en contra de los intereses globales de la nueva mafia soviética, que crecía a ritmos agigantados y era dueña del nuevo mercado ya existente en el país a grandes escalas: el mercado negro.

Cuando transcurridos unos años la mayoría de las riquezas del país - tanto naturales como las creadas durante los 74 años de existencia de la Unión Soviética - se encuentren en poder de los elementos más listos de manos, pertenecientes en su inmensa mayoría a la fuerza dirigente de la nación, dicho mercado negro pasará a llamarse mercado libre o, simplemente, mercado.

Aunque el nuevo Presidente del Gossnab de la URSS intentó "retenerme" en el trabajo, me jubilé a finales de junio de 1988.

Tanto a Inna como a mí nos parecía que, por fin, ya habíamos alcanzado una etapa de nuestra vida en la que ambos podríamos estar siempre juntos, gozando de todo aquello que todavía teníamos que hacer en este mundo.

Pero, tanto Inna como yo, nos equivocábamos.

¡En su lugar, descanso!

El 30 de junio era el último día que trabajaba en el Gossnab de la URSS.

Este día - como alguien había convenido hacía muchos años - se utilizaba por los recién jubilados para despedirse de sus colegas, compañeros y amigos de trabajo. Sentado en algún cómodo sillón y tomando con ellos té o café - y, a veces, algo más fuerte - el nuevo pensionista charlaba con los presentes y cambiaba impresiones respecto a lo que significaba la jubilación en la vida humana.

Yo ya había presenciado entonces muchos actos de jubilación de mis compañeros y sabía la tristeza que estas despedidas causaban, tanto al jubilado como a los que le despedían. Y es que si ahora en el mundo occidental la jubilación es sinónimo de la llamada "tercera edad" - una edad que muchos de los jubilados reconocen ser la mejor de todas las vividas por ellos - en la Unión Soviética dicha edad nunca ha existido.

El paso del trabajo activo a la jubilación allí ha sido siempre un paso brusco y acelerado de la vida a la "inexistencia" de los jubilados, una humillación de éstos ante sus familias.

Las dimensiones de las pensiones soviéticas jamás llegaron a ser las requeridas para mantener un nivel mínimo de vida. Y la inmensa mayoría de los ciudadanos llegaban a la jubilación sin disponer de ahorro alguno.

Para mí la jubilación significaba, además, el dolor de tener que abandonar en la plenitud de mis facultades físicas y de mi bagaje intelectual el liderazgo y la lucha por la puesta en marcha definitiva del "ESSKS" y del "Dom novosyola".

Pero lo que más me afligía el día de mi jubilación era el pensar que estaba obligado a abandonar para siempre aquellos vetustos metros cuadrados que alquilábamos los tres meses de verano a 30 kilómetros de Moscú en una vieja dacha estatal de madera de la aldea de Tarásovka.

La dacha tenía un water, una cocina y un lavabo para las dos familias que vivíamos en ella. Éramos un total de doce personas, seis de ellos miembros de nuestra familia (mi suegra Klavdia de 90 años, mis tres nietos mayores Ksenia, Anastasía y Aliosha, y nosotros dos).

En Tarásovka con nuestros sobrinos valencianos José María y María Teresa. Foto de José María Tronchoni

En Tarásovka con nuestros sobrinos valencianos José María y María Teresa. Foto de José María Tronchoni

Allí habíamos pasado 12 magníficos e inolvidables veranos. Aquellos metros cuadrados de alquiler eran uno de los privilegios que me había concedido mi alto cargo en el Gossnab de la URSS. Después de mi jubilación - cuando más los necesitaba - aquellos metros cuadrados los ocuparía algún otro agraciado...

Cuadro del natural de la pintora Ksenia Rudenko. Tarásovka, junio de 1986

Cuadro del natural de la pintora Ksenia Rudenko. Tarásovka, junio de 1986

... Aquí creo necesario hacer una pequeña digresión para que el lector pueda comprender la causa de mi aflicción.

Un día de 1995, cuando toda la familia residía ya en España, nuestra nieta mayor Ksenia - afectada por el recuerdo nostálgico de los parajes rusos - le preguntó a Inna:

¿Por qué no escribes sobre Tarásovka?

E Inna, la abuela rusa de 70 años - recordando aquellos felices tiempos - escribirá:

1ª Narración. La descuidada y vieja casa señorial

La puesta del sol... Estamos sentados en una terraza en saledizo sobre el río... Alrededor la tranquilidad es completa. Detrás de nosotros se encuentra la descuidada y vetusta casa señorial.

Un viejo jardín se extiende desde la casa hasta la orilla del río. En su centro, enfrente de la escalera con columnas, todavía subsisten los restos de una fuente y un seto vivo de acacias blancas y esbeltos abetos, que la adornan y resguardan... A lo largo de la abrupta orilla del río, una alameda de encinas.

Es la ex hacienda del gran director teatral Konstantín Stanislavski. Ya hay muchas ruinas, pero se ha conservado su hermoso complejo del parque. Además del jardín, existe una sorprendentemente larga alameda de acceso a la residencia, formada con pinos albares, y un maravilloso parterre delante de la casa con abetos azules.

Dicen que el parque fue diseñado y plantado por un gran especialista inglés a principios del siglo XIX. Este especialista trajo del extranjero más de un centenar de especies de árboles y arbustos, muchos de los cuales no existen en la región de Moscú.

Obscurece... Sobre el río se eleva la niebla, se encienden las luces de las aldeas cercanas y lejanas, mientras que nosotros permanecemos sentados y conversamos, conversamos...

Narro sobre el pasado de estos lugares, sobre las personas (actores, músicos, científicos, mecenas) que se reunían en esta hospitalaria casa, que platicaban, cantaban, bailaban, se enamoraban, se decepcionaban...

Y nos parecía que en las contiguas alamedas se oía el frufrú de los largos vestidos de las damas y blanquecían sus sombreros; que relumbraban los resplandores de los cigarros puros de los caballeros; que resonaba una risa apagada y el delicioso y suave olor de los selectos perfumes se mezclaba con el aroma de las fragantes acacias...

Involuntariamente conversábamos a media voz, temiendo asustar a los bellos mirajes del pasado.

2ª narración. Aquí estaba la casa para los niños españoles

La colonia veraniega fue construida en los años 20-30. En las dachas grandes residían dirigentes del partido y de los soviets, altos mandos del Ejército Rojo.

Existe la ex dacha de Trotsky; y también una dacha en la que en los años de las purgas stalinianas intentaron arrestar a un Almirante de la Flota, que rechazó a tiros a los esbirros y después se suicidó.

En una palabra: la colonia era la propia historia que, como resultó ser, concernía también a nuestra familia.

Uno de los primeros días de nuestra estancia en la dacha una señora se acercó a Virgilio y, emocionada, le preguntó:

"¿Usted es español, verdad?"

Al recibir una respuesta afirmativa le estrechó entre sus brazos y prosiguió:

"Es que aquí se encontraba la casa para los niños españoles, yo trabajaba en ella como mujer de la limpieza y conservo para toda mi vida los recuerdos de aquellos maravillosos, aunque difíciles, años. ¡Todos queríamos mucho a aquellos niños, deseábamos que su vida fuese familiar y feliz!"

Después se aclaró que Carlos, el hermano pequeño de Virgilio, también vivió después de la guerra cierto tiempo en esta casa de niños.

En las 25 narraciones que componen el Relato, Inna cuenta a sus dos nietos menores - que no vivieron en Tarásovka - y recuerda a los tres mayores, los episodios más impresionantes de aquellos veranos: sobre el árbol "caramelero" que crecía a la entrada de la dacha y que sólo daba frutos (caramelos) al anochecer; sobre los baños en el corrientoso río Kliazma, en el que un remolino intentaba impedirte salir a la orilla; sobre cómo los sábados y domingos, durante una hora, los tres nietos estudiaban el español con su abuelo y, al grito de "¡Buenos días, señor maestro!", se levantaban cuando entraba Virgilio - igual que éste hacía en su infancia en la escuela de Don Félix...

La última de ellas se titula "Adiós, Tarásovka", y dice:

Un sereno día otoñal de 1989, cuando ya todos habíamos pasado a vivir de la dacha a Moscú, Inna propuso a sus nietos visitar Tarásovka. Fueron en el tren de cercanías y cogieron consigo la comida.

Llegaron hasta la colonia, entraron en el territorio, salieron a la alameda principal y... quedaron pasmados de felicidad: el aire era diáfano y el cielo azul claro estaba limpio.

Vuela una telaraña. Los árboles se yerguen sin hojas, sus siluetas son más austeras, más gráficas. Las lejanías se han extendido y se ven las aldeas más remotas.

Alrededor silencio, sólo la hojarasca amarillo-verde ya caída cruje bajo nuestros pies, llenando el aire de un aroma sin par. Las ramas purpúreas de serbas acentúan la festividad silenciosa del paseo.

Salimos a la vieja terraza sobre el río y permanecemos en ella hablando en voz muy baja, pasmados por la belleza de la naturaleza.

¡Y no sabíamos entonces que aquello era nuestro último adiós a Tarásovka, a la infancia, que siempre es magnífica!

... Cuando aquella merienda de despedida dedicada a mi jubilación ya parecía estar terminando, sonó mi teléfono. Me llamaba el Vicepresidente del Comité Serguei Vinográdov, pidiendo permiso para venir a mi puesto de trabajo y tomar un buen té ruso. Era uno de los pocos dirigentes del Comité que tuvo la delicadeza de venir a decirme algo humano y desearme suerte.

Nada más entrar, con voz muy significativa, Vinográdov pronunció ante mis compañeros allí presentes:

Estuve pensando toda la noche qué regalar a este Don Quijote educado en nuestra tierra rusa. Y me parece que lo encontré en mi biblioteca de obras escogidas. Es el libro de obras de ciencia ficción de Konstantín Tsiolkovski, el padre de la cosmonáutica rusa, que jamás se doblegó ante la ignorancia.

Como decía Tsiolkovski "el motivo principal de mi vida es el hacer algo útil para las personas, no vivir la vida en balde, hacer avanzar a la humanidad por poco que sea. Precisamente por esto yo me interesaba de aquello que no me daba ni pan ni fuerza, pero confío en que mis trabajos - pueda ser que pronto, o quizás en un futuro lejano - proporcionen a la humanidad montañas de pan y un enorme poderío".

Con estas palabras me regaló las obras del estrafalario ruso de Kaluga que siempre tanto admiré.

Luego, tomando té, Vinográdov intentará convencerme de que, en la situación por la que pasa el país, yo todavía soy muy joven para jubilarme, y me propondrá trabajar en la empresa mixta soviético-yugoslava "Atlant".

Y yo, de la noche a la mañana, pasaré de la calidad de jubilado a la de director de departamento de una empresa semicapitalista en la que - como todos los otros empleados soviéticos, para empezar - debería estudiar y comprender que era lo nuevo que este tipo de empresas traería al pueblo soviético.

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