Valencia-San Petersburgo

Yo estaba profundamente convencido de que la visita a Valencia del Presidente del Lensoviet había sido el primer brote de una posible estrecha amistad nacida en el periodo de la perestroika soviética entre la Comunidad Valenciana y Leningrado.

Opinaba que era necesario poner en cultivo los primeros resultados de aquella visita y ser personalmente un modesto, pero eficaz eslabón, en su ulterior desarrollo práctico.

Con dicho fin, el 12 de julio de 1990 - a petición mía - tuve en Valencia una entrevista con el Señor Pedro de Arechevaleta, Director General de la empresa "Promoción de la Comunidad Valenciana" ("Procova S. A."), en la que él me expuso el interés de su empresa en establecer amplias relaciones comerciales con el Soviet de la ciudad de Leningrado y sus bases económicas.

Nada más regresar a Moscú - aunque sabía y comprendía cuán ocupadísimo estaba el Presidente del Lensoviet aquellos días - pedí a mi hija María que intentase organizar una breve entrevista con él.

El 26 de julio de 1990 tuve el honor de compartir 20 minutos con aquel brillante político al que, transcurridos diez años, el Presidente ruso Vladimir Putin caracterizará en uno de sus libros como un hombre muy simpático, abierto y talentoso, honrado y de reputación irreprochable: todo un hombre.

Mi exposición fue muy breve. Informé al Señor Sobchak respecto a las intenciones y posibilidades de "Procova S. A.", financiada íntegramente por el Gobierno valenciano y las Cámaras del Comercio de la Comunidad.

El Presidente del Lensoviet precisó en rasgos generales las áreas de colaboración que, a su parecer, eran urgentes para Leningrado, me preguntó si estaba dispuesto a viajar a "Piter" (como cariñosamente llamaba a su ciudad) y, habiendo recibido mi asentimiento, habló con Leningrado y dio las correspondientes instrucciones.

La delegación del Soviet de Leningrado que, invitada por "Procova S.A.", visitó Valencia estaba encabezada por el Vicepresidente primero del Soviet Anatoli Chubais. Los delegados leningradenses visitaron una fábrica de la empresa "Saez Merino S. A.", el Instituto de Agroquímica y Tecnología de alimentos del Consejo Superior de investigaciones científicas, sus laboratorios y una planta piloto, el Hotel-Casino "Monte Picayo", el Palacio de la Música.

El 14 de diciembre de 1990 ambas partes firmaron un protocolo en el que se exponían los resultados alcanzados durante la visita y las medidas prácticas para su cumplimiento.

El Presidente de la Comunidad Valenciana - Señor Juan Lerma - recibió a la delegación rusa en el Palau de la Generalitat. Durante la recepción Anatoli Chubais agradeció a todos los presentes por la atención prestada a la delegación en tierra valenciana y, muy especialmente, por el regalo de 900 toneladas de naranjas que, en nombre de los niños valencianos, acababa de ofrecer el señor Presidente de la Generalitat para los niños de Leningrado.

Esa misma noche el Consejero de Agricultura y Pesca de la Generalitat Valenciana, Señor Luis Font de Mora Montesinos y el Director General de Relaciones Institucionales e Informativas, Señor Xabier Albiol Sampietro, dieron una cena a la delegación rusa. En ella el Vicepresidente del Lensoviet, animado por el champan y el ambiente amistoso que allí reinaba, intentó convencer a todos los presentes de que, aunque ya estábamos a 16 de diciembre, todavía era posible intentar que los niños leningradenses pudieran probar las deliciosas naranjas valencianas el día del Año Nuevo.

Y, con este fin, se comprometió a fletar un barco ruso adecuado para el transporte de una carga tan delicada. E inmediatamente dio las "oportunas" órdenes a la Dirección de la Flota del Báltico.

Viendo las caras de nuestros anfitriones valencianos, para tranquilizarlos, decidí descubrirles el "secreto soviético" que en su día - como recordará el lector - había descubierto a mi madre: el pueblo ruso, después de la Revolución de Octubre celebra el Año Nuevo dos veces, la primera según el calendario gregoriano y la segunda, como buenos creyentes, según el calendario juliano, es decir, 13 días después. Parecía que existía cierta reserva de tiempo.

Pero nos engañábamos: desde hacía mucho tiempo la flota mercante del Báltico estaba "privatizada" por los dirigentes rusos de manos largas, para los que la única orden respetable era la de los dólares americanos.

Viendo que transcurría el tiempo y que el barco ruso no aparecía en el horizonte la parte española encontró en uno de los muelles del puerto de Valencia un barco polaco adecuado para el transporte de las naranjas. Y firmó su fletamento.

El día 2 de febrero de 1991 recibí en mi casa de Moscú un telegrama del Señor Anatoli Chubais en el que me comunicaba:

Con motivo de la próxima entrega a Leningrado del regalo del Gobierno de Valencia tengo el honor de invitarle a usted a visitar la ciudad el 10-11 de febrero en calidad de huésped oficial del Comité Ejecutivo del Lensoviet.

A. B. Chubais

Esto significaba que, por fin, las naranjas ya habían llegado a su destino.

Nada más arribar a la ciudad en la que pase dos años y medio de mi feliz infancia me dirigí - como generalmente hacía cuando por algún asunto viajaba a Leningrado - a nuestra "ex casa" de niños españoles Nº 8 de la calle Tverskaya. Allí me gustaba - apoyando la espalda en la pared de la casa de la acera de enfrente - mirar atentamente a sus ventanas que tantos gratos recuerdos suscitaban...

Entre dos de aquellas del tercer piso, pegado a la pared de una pequeña sala, estaba entonces el piano en el que Ángel Madera nos interpretaba las piezas musicales que él mismo componía: su himno dedicado a "Pasionaria" y un chotis que siempre esperábamos con impaciencia para invitar a bailar a tu "novia", aquella niña que te gustaba - aunque jamás se lo dijisteis en vida; en aquella otra ventana...

Inconscientemente yo esperaba algún milagro, como si fuera posible que una cara conocida se asomase a cualquiera de las ventanas para saludarme y desaparecer para siempre.

Pero la impasible placa de mármol a la entrada de nuestra casa de niños, una vez más, me anunciaba que

los jóvenes voluntarios españoles que desde aquí partieron al frente jamás regresaron a su primer hogar soviético.

Y me dirijo al hotel en el que reside la delegación española y en el cual tengo reservada una habitación. Soy español y, aunque mi pasaporte es soviético, permaneceré con mis compatriotas estos tres días, hasta que hagamos entrega de las naranjas españolas a los niños de Leningrado y, en el aeropuerto de Púlkovo, me despida de todo lo querido que dejo en aquella sagrada ciudad.

La primera mitad del 11 de febrero de 1990 la aprovechamos para visitar Pavlovsk, la ex residencia de campo de los zares rusos. Ésta fue edificada a finales del siglo XVII y bárbaramente destruida dos siglos más tarde por el ejército nazi durante la ocupación de la región. Se habían requerido varias décadas para su restauración.

Aquella excursión impresionó a mis compatriotas: en todas las salas de aquel palacio ya restaurado se exponían fotografías del estado en que estas salas habían quedado después de la huida de los ocupantes fascistas. Parecía que era imposible convertir aquellas ruinas en un palacio como el que visitábamos. Pero se trataba de restablecer la historia de Rusia, y sus arquitectos, obreros e ingenieros - la inmensa mayoría de los cuales eran hijos y nietos de los combatientes que liberaron aquellos parajes del yugo fascista - cumplieron la tarea con honor.

Hacía un sol espléndido. Una pequeña y bonita ardilla descendió de un árbol casi hasta el hombro de Don Luis Font de Mora, le observó atentamente de arriba abajo y, convencida de que recibiría algo sabroso de las manos de aquel hombre de cara bondadosa, bajó decididamente hasta los pies de éste. Y no se equivocó.

Una pequeña y bonita ardilla descendió decididamente de un árbol convencida de que recibiría algo sabroso de las manos de Don Luis Font de Mora

Una pequeña y bonita ardilla descendió decididamente de un árbol convencida de que recibiría algo sabroso de las manos de Don Luis Font de Mora

Cuando regresábamos a Leningrado - puesto que en la segunda mitad del día se efectuaría la "entrega" oficial al Soviet de Leningrado de las naranjas valencianas - el Señor Font de Mora quiso convencerse, con sus propios ojos, de que las naranjas ya estaban allí. A petición suya nuestro acompañante - Señor Strelschóv - desvió el coche en el que los tres viajábamos y nos llevó al puerto.

El barco polaco acababa de descargar el último cajón de naranjas. Una conmovedora etiqueta en ruso y en español, pegada en cada uno de los cajones, anunciaba que las frutas de su interior - cuya fragancia de las flores de azahar de las que nacieron todavía se sentía - era un regalo de los niños de la Comunidad Valenciana a los niños del heroico Leningrado. Nos despedimos del capitán del barco y, ya tranquilos, regresamos al hotel.

La entrega oficial del regalo se efectuó en el Palacio de María, cuya historia se relata en uno de los capítulos de este libro. La delegación rusa estaba presidida por el Señor Anatoli Sobchak. A petición de Don Luis Font de Mora me senté a su lado y fui el intérprete en aquel solemne y memorable encuentro.

De cara a la cámara: los Señores Sobchak, Chubais, Ponidelko y otros diputados. De perfil a la cámara: Don Luis Font de Mora y otros miembros de la delegación valenciana

De cara a la cámara: los Señores Sobchak, Chubais, Ponedelko y otros diputados. De perfil a la cámara: Don Luis Font de Mora y otros miembros de la delegación valenciana

El acto comenzó con una inesperada pregunta de Sobchak, muy cariñosa para mí por el tono con que la formuló y la expresión de su cara:

¿Por qué Virgilio está en el lado de la parte española?

Virgilio vino a vivir con nosotros, aquí en Leningrado, en los momentos más difíciles de su vida, se educó, estudió y trabajó durante muchos años en la Unión Soviética. Y debe estar sentado aquí, a nuestro lado.

Anatoli Chubais y otros miembros de la delegación rusa, sonriendo, apoyaron a su Presidente.

Me "salvó" Don Luis Font de Mora que - con una también cariñosa sonrisa - respondió:

Nuestro Gobierno republicano español envió a Rusia a cerca de 4.000 niños españoles estando seguro de que, cuando en España reinase la paz y la democracia, ustedes nos los devolverían hechos hombres y mujeres bien educados.

Y ustedes han cumplido explícitamente la palabra dada al pueblo español en 1937.

Ahora ya Virgilio, como muchos otros de aquellos niños ya repatriados a España, son también ciudadanos españoles que quieren trabajar y - como ustedes ven - trabajan para sus dos queridas patrias, que caben muy bien en sus grandes corazones.

Todos aplaudieron al Ministro del Gobierno valenciano.

Y comenzó el acto oficial, que transcurrió en un ambiente muy fraternal. Integraban la delegación valenciana los Señores José Mª Planells - Director General de "Anecoop", suministradora de las sabrosas naranjas, y Josep Antoni Franco y Vila - Secretario General de la Consellería de Agricultura y Pesca.

En aquel acto A. Sobchak entregó a Luis Font de Mora una carta dirigida a éste último que dice:

Leningrado, 11 de febrero de 1991

Honorable Sr. Font de Mora,

En nombre del Soviet de diputados del pueblo de la ciudad de Leningrado y de todos los leningradenses permítame agradecerles sinceramente a Usted y a los habitantes de Valencia por la ayuda prestada a Leningrado.

Efectivamente, vivimos un período difícil. Como cualquier empresa grandiosa el proceso de renovación de nuestra sociedad, el paso de la economía soviética a las nuevas relaciones, no es fácil.

No obstante, confiamos en que el trabajo que todos nosotros realizamos, la ayuda que nos presta la comunidad mundial - incluyendo la colaboración de la Comunidad Valenciana - ayudará a Leningrado a salir de la difícil situación.

Desearía, una vez más, agradecerle a Usted honorable Señor Ministro, y a todos los habitantes de la bella Valencia y desearles a todos Ustedes paz, felicidad y prosperidad.

Con respeto y los mejores votos

Anatoli Sobchak, Presidente del Soviet de diputados del pueblo de la ciudad de Leningrado

Por la noche yo no podía dormir de emoción. Recordaba los pormenores de la reciente ceremonia y veía nítidamente cómo - desde las ventanas del "Angleter", situado enfrente del Palacio de María - nos miraban las caras alegres y satisfechas de aquellos niños españoles con los que allí pasamos la cuarentena cuando llegamos de España a Leningrado. Aquellos pequeños magnánimos también habían estado presentes en aquel simbólico acto.

Transcurridas dos semanas el Señor Luis Font de Mora recibirá en su gabinete de Valencia un agradable telegrama enviado desde Leningrado que dice textualmente:

Estimado Señor Ministro:

El Comité de Leningrado encargado de la recepción y distribución de la ayuda humanitaria le agradece a Usted y, en su persona, al Gobierno de la Comunidad Valenciana por la manifestación de sentimientos tan cariñosos para con nuestro pueblo y la ayuda concreta prestada a los niños leningradenses.

Con gran placer le comunicamos a Usted que el regalo del Gobierno de Valencia que llegó a Leningrado - 900 toneladas de naranjas - fue entregado en el transcurso de febrero a las escuelas, círculos infantiles y hospitales de la ciudad. Cerca de 1 millón de niños leningradenses recibieron en invierno las magníficas frutas españolas.

Estoy segura que la acción benéfica que Ustedes han emprendido contribuirá al fortalecimiento de vínculos multilaterales entre Valencia y Leningrado.

Con agradecimiento

L. I. Ponidelko, Vicepresidenta del Comité, diputada del Lensoviet

Existe en este relato un momento que mi curiosidad humana todavía no ha aclarado: en aquella ceremonia, entre bastidores, se encontraba una persona cuya penetrante mirada parecía vagar por la Sala de Actos en busca de alguna respuesta a algo que le preocupaba.

Revolviendo las tarjetas de visita de aquellos días en busca del título que entonces ostentaba nuestro acompañante al puerto de Leningrado, Señor Strelschóv, descubrí que, con lápiz, yo había tachado este apellido y había escrito: Vladimir Putin.

Recuerdo que fue el simpático Sergueí Judoleev - uno de los miembros de la delegación del Lensoviet a Valencia el que, contestando a mi pregunta de ¿por qué no ha estado presente en el acto el Señor Strelschóv? me dijo que éste ya no trabajaba, pero que, si tenía algo que aclarar, podía llamar al Señor Putin - o a su secretaria y traductora Alia - por los mismos teléfonos que figuraban en la tarjeta de visita de Strelschóv.

Decidí releer la biografía del actual Presidente de la Federación de Rusia Vladimir Vladímirovich Putin. Y, efectivamente: su biografía parece confirmar que, efectivamente, aquella penetrante mirada que entonces salía de entre bastidores podía ser la suya, pues durante varios años trabajó bajo la dirección de Anatoli Sobchak.

Pero ¿cómo comprobarlo? No creo que sea difícil: si un buen día algún editor caritativo decide editar el libro "¿Te acuerdas, tovarisch...?" se lo enviaré, pidiendo a su esposa Liudmila (los españoles sabemos que conoce bien nuestra lengua) traducir estos párrafos a su esposo. Y, si es posible, que me conteste.

Entonces, entre nosotros los soviéticos, todos éramos tovarischi.

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