"Esforzados hijos de Dárdano:

la primera tierra que produjo

el linaje de vuestros padres,

y con él a vosotros,

esa misma os acogerá

en su fecundo regazo cuando tornéis a ella;

buscad, pues, a vuestra antigua madre".

(Virgilio. "La Eneida". Libro tercero)

Mi regreso a Moscú lo tuve que aplazar. El protocolo firmado en Valencia no se cumplía y Pedro de Arechevaleta me pidió aclarar las causas.

Los resultados de mis entrevistas con los correspondientes funcionarios y dirigentes locales me confirmaron una vez más que las estructuras económicas y políticas del país se desmoronaban o reestructuraban a ritmos acelerados.

Ya era, prácticamente, imposible planificar y realizar operaciones comerciales sobre bases estatales sólidas, pues los especialistas - claves en este tipo de operaciones - abandonaban sus puestos en las organizaciones del estado y, en busca de sueldos muy superiores, pasaban a trabajar en las empresas privadas, cuyo número crecía como las setas después de una oportuna lluvia de verano.

Regresé a Moscú en tren. Los rápidos Leningrado-Moscú y viceversa, conocidos por el nombre de "flechas rojas", eran trenes muy cómodos. En ellos había compartimientos para viajeros solitarios en los que podías descansar bien, pensar detenidamente en tus asuntos y problemas sin que nadie te distrajera con temas inoportunos.

Salían estos trenes simultáneamente de Leningrado y Moscú a medianoche, hacían una sola parada a mitad de camino y llegaban a los puntos de destino a las 9 de la mañana. Así que, tomando té, yo tenía tiempo para discernir las conveniencias e inconveniencias de las decisiones tomadas en la reunión familiar que tuvimos los seis miembros mayores de nuestra familia a mediados de julio de 1990.

Los asuntos y problemas que aquellos días nos preocupaban concernían a la situación económica por la que pasábamos, las futuras perspectivas laborales de casa uno de nosotros en una Rusia cada día más desconocida cuyos ciudadanos, medios mediáticos y gobernadores presagiaban sismos y huracanes políticos, económicos y sociales.

Nuestra situación - ya pésima entonces - empeoraría aún más en los próximos meses. Y en aquella reunión familiar, unánimemente, decidimos que había llegado la hora de nuestro regreso a España, regreso que - por unas u otras causas - siempre tuvimos que aplazar.

Toda nuestra vida había girado, giraba y, estábamos convencidos, giraría alrededor de Rusia y España, sus grandes problemas.

La casa de mi padre en Moscú había sido para Inna y mis hijos un rincón de España, donde siempre se hablaba en español de la política, historia y futuro del país. La tesis doctoral que defendió mi hija María en la Universidad Estatal Lomonósov de Moscú trataba de los medios de información del PCE durante la guerra civil española.

Nuestras visitas a España habían fortalecido nuestros ya estrechos lazos familiares que debíamos cuidar. Y lo más importante: en Valencia residía mi madre de 87 años, que añoraba tenernos a su lado; y mi hermana Carmen; y también mi tía Isabel, que - como si fuera nuestra madre - nos había educado a los tres hermanos cuando residimos en Valencia durante la guerra civil española; y mis primas y mis sobrinos.

Estaríamos también más cerca de la familia de mi hermano Carlos, que frecuentemente "bajaba" desde París a Valencia a pasar las Fallas y otras numerosas fiestas familiares...

Inna, sobre la que recaería una gran parte del peso de la organización de nuestra familia en la nueva etapa que se nos presentaba, estaba dispuesta - una vez más en la vida - a sacrificarse para que todos estuviésemos juntos y fuésemos felices.

Efectivamente: ¿qué significaba a nuestros 67 años la marcha o, como Inna la llamaba para alentarme, el regreso a España?

En primer lugar, a nosotros dos siempre nos había ahuyentado la idea de cualquier regreso a España sin los seres más queridos que teníamos en la URSS: nuestros hijos, nietos y Klavdia, la madre de Inna, que era la que más nos preocupaba. Ya había cumplido sus 97 y hacía 14 años que vivía con nosotros.

Ella era una mujer rusa que jamás había salido al extranjero, que había enterrado en su patria a su esposo Alexandr y a sus hijos Tamara y Yuri, y que sabía que la tumba de su tercer hijo Fiódor, aunque desconocida, se encontraba en algún campo o bosque del país...

La vida en España no sería nada fácil para nuestros hijos y nietos.

Las dos niñas de María eran adolescentes, y las edades de los tres hijos de Andrés y Valeria, nuestra nuera, eran entonces de 2, 6 y 10 años. Valeria era hija única y su marcha a España sería muy triste para sus padres.

De todos ellos sólo María y Andrés se desenvolvían en castellano.

La marcha a España significaría para ellos ocho un brusco desvío de sus jóvenes vidas que nadie sabía cómo lo soportarían.

El segundo aspecto del asunto era el problema económico.

Durante los larguísimos años de trabajo en la URSS no habíamos logrado ahorrar dinero alguno. El gobierno soviético, según prometía la Cruz Roja del país, nos enviaría a España las pensiones de Klavdia, de Inna y la mía, igual que enviaba a los jubilados españoles que ya habían regresado antes a la patria.

Pero ¿y la seguridad social? ¿Dónde residiríamos en este mundo y dónde "residiríamos" cuando pasemos al otro?

Por no existir entonces convenio alguno al respecto entre España y la Unión Soviética todos estos momentos básicos de la vida eran un enigma para nosotros.

Peor estaba este asunto para María, Andrés y Valeria. Los tres llegarían a España como extranjeros, sin vivienda, sin trabajo, sin permiso de las autoridades españolas para residir y trabajar, y sin disponer de los documentos homologados de la terminación de sus estudios en la Universidad de Moscú y en el Instituto Superior Plejánov. Y, además, sin seguridad social alguna.

¿Lograrían nuestros hijos encontrar trabajo y colocarse? ¿Cómo viviríamos los once, en el mejor de los casos con nuestras tres pensiones para todos, hasta que ellos empezasen a trabajar?

La primera que partió definitivamente para España fue María con sus dos hijas. Salieron de Moscú el 5 de agosto de 1990 con rumbo a Valencia. En el transcurso de unos meses, gracias a la ayuda de nuestra familia española, pudieron resolver dos problemas prioritarios: las niñas comenzaron en octubre sus estudios en un colegio valenciano y María logró alquilar un modestísimo ático al que pasaron a residir las tres "pioneras".

¡Qué razón tenía María cuando, todavía en Moscú, rechazaba la idea de dejar temporalmente a las niñas en Rusia!

En Valencia, María y las niñas sentían la constante solidaridad de nuestros familiares y de muchos otros españoles con los que contactaban diariamente en su vida cotidiana. Su generosidad, su bondad innata, su deseo de que todo saliese bien, ayudaba a aquellos tres frágiles seres humanos a superar las amarguras y no sentirse extranjeras en la tierra española.

Don Francisco Sáez, presidente de la casa en la que residían, Pepita y Luis con sus hijos Espartaco y Sergio eran las modestas y nobles personas que mantenían en alto la moral de la joven troika, que nos abriría camino a los ocho restantes miembros de la familia para nuestro regreso a España.

La obsesión profesional de María era el poder organizar en la Universidad de Valencia un curso de lengua y literatura rusa. Un grupo de profesores y filólogos de esta Universidad, después de haber estudiado detalladamente la necesidad y posibilidad de organizar dicho curso en la facultad de Filología, aprobaron la idea.

Fueron la entonces decana de la Facultad Antonia Sánchez Macarro, el catedrático Ángel López García, con la aprobación del rector Ramón Lapiedra, quienes - partiendo de la importancia que la lengua y la literatura rusa tienen en este mundo para la cultura, y habiendo depositado su confianza en la profesionalidad de María - vencieron las dificultades y abrieron el camino de la rusística en la Universidad de Valencia.

María comenzó a dar clases de lengua rusa a finales de 1990. El curso de literatura rusa comenzaría sólo tres años después.

Andrés arribó a Valencia en abril de 1991. Lera y sus tres hijos llegaron en agosto del mismo año.

Acompañando a modernos conquistadores españoles

Aquellos días de 1991 fueron los más difíciles de mi vida: mientras mis hijos buscaban trabajo y vivienda debía ser precisamente yo el que estaba obligado a ayudarles económicamente.

Y yo me encontraba allí, en Rusia, no trabajaba y, para complicar aún más mi difícil situación económica familiar - sin explicación oficial alguna - me retiraron mi pensión personal vitalicia que me había sido asignada el 30 de mayo de 1988 por la Comisión especial adjunta al Consejo de Ministros de la URSS. Aquello fue parte de un robo en masa dirigido por un Yeltsin embriagado de alcohol y poder.

Pero, como el lector sabe, no hay mal que por bien no venga. Y esta expresión filosófica confirmó una vez más su veracidad.

Una inesperada llamada telefónica de un amigo que trabajaba en la embajada española en la URSS me dejó atónito: en Moscú se encontraba el señor Don Enrique Bernat, Presidente de la empresa catalana "Chupa Chups" y, muy amablemente, me invitaba a cenar en el hotel "Budapest". Como es natural accedí con mucho gusto. Y no me equivoqué.

El señor Enrique Bernat resultó ser una persona muy simpática, educada y perspicaz. Y su búsqueda era natural. La famosa empresa catalana "Chupa Chups S.A." era entonces una de las primeras grandes firmas de nombre mundial que había acudido a la Unión Soviética en el período más crítico de la perestroika, y que - con mucha paciencia y respetando al todavía desorganizado y joven mercado soviético - comenzaba el montaje de una línea tecnológica para producir 10 millones de caramelos al año en una de las fábricas de confitería de Leningrado.

En aquella cena yo contestaba a las breves y concretas preguntas del señor Enrique Bernat respecto a mi curriculum vitae. Y una vez agotadas éstas me propuso participar en las actividades de su empresa en la URSS.

Aunque regresé a casa muy tarde, Inna no dormía y esperaba con impaciencia los resultados de la entrevista con aquel numen capitalista que parecía haber descendido de sus alturas para ayudarme especialmente en mi desconsuelo: la remuneración de mi trabajo en aquella firma sería el único ingreso que permitiría subsistir a mi familia y adentrarse a mis hijos y nietos en la difícil y todavía incomprensible vida española.

En marzo de 1991, comencé a prestar mis servicios a "Chupa Chups".

El trabajo en la firma española era muy agitado, pero también muy atractivo. La empresa penetraba decididamente y para largo plazo en el mercado soviético y a sus jóvenes y capaces directores - de grandes ambiciones profesionales. Todo les interesaba y no les amedrentaba nada.

El 19 de agosto de 1991 una camarilla de desalmados del Buró Político, del CC del PCUS y del KGB - aislando cómodamente a Mijaíl Gorbachov y a su familia en una dacha a orillas del mar Negro - intentó dar un golpe de estado y ocupó todo Moscú con tanques y fuerzas militares.

El centro de los acontecimientos se encontraba a unos centenares de metros de nuestro domicilio, en la llamada "Casa Blanca", residencia del Gobierno de Rusia, a orillas del río Moskova. Nos separaban de ella dos cortas paradas de autobús.

La TV soviética había suspendido todos sus programas. Sólo un interminable vídeo-ballet de color verde oscuro se interrumpía periódicamente para transmitir los partes y noticias procedentes de aquella indecente junta golpista de caras borrachas y manos temblonas.

Inna en una habitación y yo en otra intentábamos captar por radio alguna onda occidental que nos contase lo que de verdad estaba ocurriendo no lejos de nuestra casa. Klavdia, a sus 97 años, permanecía sentada en un sillón ante el televisor, en espera de algo nuevo.

Por fin sonó el teléfono de casa. Eran nuestros hijos y nietos que llamaban desde Valencia. Inna, en calidad de portavoz de la familia, les contaba que una columna de tanques ligeros procedentes de Tula, con la bandera rusa izada, acababa de pasar por el prospecto de Kutuzov a toda velocidad en dirección de la "Casa Blanca", donde se unieron a los tanques pesados de la sección de la división acorazada que ya se encontraban junto a los defensores de la residencia del gobierno legítimo de Rusia; que los moscovitas rodeaban en las calles los tanques de la junta e impedían con sus cuerpos que la técnica se moviese, mientras que las mujeres - madres y abuelas - iban con sus cestitas repletas de botellitas de leche, pan y pastelitos caseros, daban de comer a los jóvenes tanquistas que tenían verdadera hambre; y, durante el ágape, se cercioraban en la plática con los soldados de que ellos jamás dispararían contra su pueblo, entre otras cosas, por no tener proyectiles ni balas.

El intento de golpe de estado de la Junta no asustó ni al Presidente de la empresa "Chupa Chups S.A.", ni a sus Directores y especialistas. En la primera página de un periódico barcelonés aquel día figuraba un amistoso dibujo del Kremlin de Moscú en el que ondeaba una bandera con el emblema daliniano de la firma catalana.

En aquellos días yo era un "corresponsal" directo de la firma catalana desde las cercanías del lugar en el que se desarrollaban los acontecimientos y, por consiguiente, me llamaban por teléfono desde Barcelona varias veces al día.

El 21 de agosto de 1991, muy entrada la noche, Gorbachov y su familia, liberados de su "cárcel" sureña por un grupo de militares fieles al gobierno ruso legítimo, regresaban a Moscú.

Tres jóvenes pagaron con sus vidas para lograr que los tanques y las fuerzas armadas de los golpistas se rindiesen. Aquellos tres mártires y el heroísmo del pueblo, - que ya comprendía que era libre y que en lo sucesivo habría que luchar mucho por mantener la libertad y alcanzar el bienestar de su sufrida patria - habían vencido a los engreídos verdugos del Politburó y del KGB.

Pero ¿y si la Junta hubiese vencido? Por la tierra soviética hubiesen corrido ríos de sangre. Y las cárceles, y los campos de concentración existentes, serían insuficientes para meter en ellos a todos los patriotas. Y, una vez más en la historia del país, se bajaría el telón de acero y se cerrarían las fronteras. Y nosotros tres, Inna, Klavdia y yo, igual que muchísimas otras familias, quedaríamos separados de nuestros seres queridos.

... Mis viajes por la URSS con el Presidente y los directores de "Chupa Chups" parecían interminables. En los vuelos, largos o cortos, se puntualizaban los problemas a tratar en los encuentros con los futuros socios. A mí me encantaba aquella seriedad profesional. También me cautivaban sus principios y exigencias profesionales en lo referente a la calidad de los artículos que la empresa producía y vendía.

¡Cuántos miles de kilómetros recorrí por Rusia y Ucrania acompañando a distintos directores de la empresa en busca de los ingredientes y materiales requeridos por ellos para que "Neva Chupa Chups" no desfigurase la imagen de los caramelos chupa chups que se fabricaban en Leningrado!

Me agradaban mucho los viajes con el Director General de la División Internacional de "Chupa Chups, S.A." Miguel Otero.

Leningrado. El autor con un grupo de montadores y dirigentes de la empresa Chupa Chups, entre ellos los directores Miguel Otero, Manuel Orriols y Juan Llabaría

En la foto, en Leningrado, el autor con un grupo de montadores y dirigentes de la empresa "Chupa Chups", entre ellos los directores Miguel Otero, Manuel Orriols y Juan Llabaría

Miguel, persona muy educada y de vasta cultura, tenía una gran experiencia de trabajo en el comercio exterior, hablaba muy bien el inglés y una vez incluso me pareció que podía mantener algunas conversaciones en francés. Le interesaba todo lo que se refería a la vida de los "niños españoles de la guerra" en la URSS, a las costumbres y vida del pueblo soviético, respetaba lo malo que allí teníamos y apreciaba los alcances que observaba. Las objeciones en el trabajo las hacía con mucho tacto, sin herir a nadie, aunque - siendo intransigente en lo que se refería al cumplimiento de lo acordado con los socios - frecuentemente algún incompetente le sacaba de quicio.

Los soviéticos le apreciaban y escuchaban atentamente sus consejos y exigencias. Miguel y yo nos comprendíamos a medias palabras, y el trabajo nos compenetró mucho durante los 15 meses que colaboré con la firma. Además, tenía un magnífico concepto del humor y sabía emplearlo adecuadamente, sobre todo en situaciones trágico-cómicas.

El regreso a España

El cuatrimotor soviético Il-62 - a bordo del cual salíamos hacia Barcelona - despegó de la pista del aeropuerto moscovita de Sheremétievo y, paulatinamente, tomó altura.

Los paisajes reales que acompañaron mi adolescencia y madurez en la Unión Soviética durante 54 años, se fueron esfumando hasta adquirir la imagen de un mapa mudo. Incliné mi cabeza ante aquella tierra mártir y, en mis adentros, la pedí perdón por no haberla sabido defender con más hombría.

Inna me miraba atentamente con los ojos empañados de lágrimas. La abracé en silencio. Delante de nosotros viajaba Klavdia. A sus años era la primera vez que volaba en avión. Las dos iban a residir en mi patria España y yo respondía por ellas.

Cerré los ojos fingiendo que descansaba: notaba que me faltaban palabras para tranquilizar a Inna y no quería que ella me viese tan indefenso ante mis sentimientos. Respaldado en el sillón intento reponer en mi memoria los acontecimientos de los últimos años...

El avión va aproximándose al aeropuerto internacional de Barcelona.

¿En qué lengua pensará mi cerebro aquí? Hasta ahora sigo pensando en ruso, mientras mi mente traduce rápidamente los pensamientos, las preguntas y las respuestas cuando tengo que hablar en español.

Es evidente que si los "niños de la guerra" no hemos olvidado nuestra lengua natal y hemos procurado no quedar atrasados en nuestro castellano ello se debe, ante todo, al enorme trabajo realizado por nuestros abnegados maestros españoles de las casas de niños en que nos educamos; a las posibilidades que nos creó el pueblo soviético para que pudiésemos pasar nuestros años estudiantiles y laborables agrupados en Moscú, Leningrado, Kíev, y otras grandes ciudades.

Traducíamos del ruso al español todo lo que nos permitía el tiempo. Las principales editoriales y revistas soviéticas siempre han requerido la colaboración de los españoles, algunos de los cuales llegaron a ser y son magníficos traductores.

Entre los 24 libros que tuve el honor de traducir en casi tres décadas y que se han vendido tanto en España como en otros países de lengua española, hay algunos que dejaron una profunda huella en mi mente por el enorme trabajo que tuve que realizar, con ayuda de las enciclopedias. Tales son, por ejemplo, los libros "Qué es la teoría de la relatividad" del académico Landau; "Los tesoros del firmamento"; "Geología estructural" del académico Beloúsov; "Acerca de la geometría de Lobachevski" y "Curso de astronomía general". ¡Gracias a sus magníficos autores!

... En el aeropuerto nos esperaban Andrés, mi nieto Alexei y mi sobrino mayor José María. Vinieron desde Valencia en una furgoneta en la que habían montado una blanda cama para Klavdia. Nos llevan a Alfafar, localidad de la provincia de Valencia en la cual se nos ha concedido un piso en una vivienda de protección social.

El tren eléctrico de cercanías recorre en 4 minutos el trayecto Alfafar-Valencia.

Era, el 19 de septiembre de 1992, comenzaba nuestra nueva vida en España.

Sentadas a la mesa, las tres madres: de derecha a izquierda Francisca, Klavdia e Isabel. De pie, los tres hermanos -

En la foto, sentadas a la mesa, las tres madres: de derecha a izquierda Francisca, Klavdia e Isabel. De pie, los tres hermanos - "niños de la guerra" - con sus cónyuges, de derecha a izquierda: José, Carmen, Carlos, Inna, Mathé y el autor

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