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Capítulo IV. Una aldea alemana en la estepa rusa. Parte 1

En busca de los paracaidistas subversores

Todavía no habíamos sentido de cerca los ecos de la nueva guerra. Sólo algunas noches, a la voz de alarma, nos habían levantado a los discípulos mayores de la casa de niños españoles Nº 1 de Pravda para ir a "peinar" el espeso bosque, que rodeaba el territorio de la misma.

 

La "operación punitiva" parecía estar dirigida contra paracaidistas de una red de agentes subversores que - según nos decía el director de la casa de niños - habían lanzado los aviones alemanes para alterar el orden en la retaguardia moscovita.

Aquello entonces nos parecía la continuación de algún juego militar infantil, uno de los muchos que antes de la guerra se practicaban en las escuelas soviéticas.

Los periódicos centrales ya anunciaban entonces estos actos subversivos, e incluso publicaban fotografías que revelaban el vestuario y armamento de dichos agentes: metralleta, pistola, puñales, granadas de mano.

Después de haber visto aquellas fotografías era imposible creer que niños y jóvenes de 14-18 años - armados fundamentalmente con palos - pudiéramos hacer algo frente a semejantes monstruos, si de verdad andaban por aquellos parajes. Sólo unos cuantos jóvenes españoles iban armados con fusiles deportivos de pequeño calibre. Afortunadamente no encontramos a ningún paracaidista.

Navegando a todo vapor por el río Volga

La evacuación de la casa de niños fue inesperada. En los dos meses transcurridos desde el comienzo de la guerra el ejército alemán había logrado organizar y desarrollar la famosa operación "Tifón", definida por los dirigentes alemanes como "la batalla decisiva del año". El fin de la operación era conquistar Moscú en breve, demostrando así a todo el orbe el triunfo de la estrategia alemana de la "guerra relámpago".

Las hordas fascistas día tras día se aproximaban a la capital soviética, desolando todo lo que caía en sus manos y llevando consigo el terror y la muerte.

En las primeras filas de los atacantes se destacaba la unidad especial "Moscú" de la policía alemana de seguridad, cuyo objetivo era exterminar a todos los activistas soviéticos que cayesen en sus manos.

La operación "Tifón" comenzó el 30 de septiembre, cuando todos los niños españoles de la casa Nº 1 navegábamos ya en un barco especial de dos cubiertas por el río madre de Rusia - por el Volga - hacia el sur, con destino desconocido para nosotros.

El barco en que urgentemente nos evacuaban había atracado en el mar de Moscú, relativamente no lejos de Tishkovo, aldea de la región moscovita en cuyas cercanías se encontraba nuestra casa de niños.

Faltaban camarotes para todos y, por eso, los mayores dormíamos en las cubiertas del barco bien arropados, pues las noches de finales de septiembre ya eran algo frías.

La travesía de esta evacuación fue mucho más tranquila que la de hacía tres años en el "Félix Dzerzhinski". Las aguas del mar artificial de Moscú estaban tranquilas y las orillas del Volga eran pintorescas.

No he visto en mi vida nada más abigarrado y bonito que aquellos espesos bosques mixtos en los serenos atardeceres otoñales. Parecía increíble que a dos centenas de kilómetros se librasen crueles batallas campales contra los invasores. El viaje hasta nuestro punto de destino - que resultó ser la República Autónoma de los Alemanes del Volga - duró casi dos semanas.

La deportación de los alemanes soviéticos del Volga

Cuando arribamos a las tierras de esta región autónoma - que existía como tal desde octubre de 1918 - nos esperaba una desagradable sorpresa: hacía unos días que la República Autónoma Socialista Soviética de los alemanes del Volga, por orden de Stalin, había dejado de existir.

Sus más de 600.000 habitantes - ancianos, hombres, mujeres y niños, enfermos y sanos, la mayoría de ellos descendientes de los colonos alemanes que vinieron a Rusia y se establecieron en estas tierras contratados por el gobierno zarista en la segunda mitad del siglo XVIII - primera mitad del XIX para cultivarlas y residir en ellas - eran deportados urgentemente a las lejanas tierras de los Montes Urales, Kazajstán, Kirguisia, Komi y algunas regiones siberianas.

Por aquel entonces la orden de Stalin era secreta y muy pocos - excepto las víctimas y las divisiones especiales de la NKVD, ocupadas de su deportación - sabían lo que estaba ocurriendo.

Nuestro barco atracó en un pequeño desembarcadero flotante en el que un escrito en ruso y otro en alemán anunciaban que nos encontrábamos en Kukkus.

Mientras tanto, en el embarcadero vecino, un barco ya abarrotado de aborígenes, se disponía a desatracar. Gritos escalofriantes y sollozos envolvían aquella mole flotante: los alemanes soviéticos del Volga se despedían de su patria para siempre.

Tres prolongados toques del barco que zarpa, las amarras se sueltan y la niebla matutina va absorbiendo la silueta de la embarcación y los gritos y llantos de sus desgraciados pasajeros.

Parece ser que el pretexto fue el de que el ejército alemán había efectuado en el territorio de la República desembarcos aéreos de paracaidistas, que rápidamente se escabulleron entre los alemanes nativos de ésta.

Pronto tuvo lugar otro desembarco. Pero esta vez los paracaidistas eran alemanes de la seguridad soviética. Lo demás fue asunto de la NKVD.

Es muy probable que aquellos desembarcos aéreos fueran operaciones previamente preparadas por los órganos estatales de seguridad, buscando un pretexto que provocase el desalojamiento colectivo de los alemanes soviéticos de la República, situada a unos 350 kilómetros de Stalingrado, donde pronto - transcurridos 9 meses - comenzarían batallas decisivas de la guerra contra la Alemania fascista.

Stalin era muy receloso y no confiaba en nadie.

Cuando, transcurridos tantos años, recuerdas aquellos sucesos que acontecieron ante tus propios ojos, te das cuenta de que entonces no los analizasteis.

¿Por qué?

¿Es que nos eran indiferentes aquellas personas que sufrían la tragedia de verse obligados a abandonar su patria, tragedia que ya habíamos experimentado todos nosotros?

¿Es que no comprendíamos que lo que en 1937-1938 había sido para nosotros una emigración era entonces, en 1941, una deportación para con los alemanes soviéticos del Volga?

¿O es que nos daba miedo pensar en ello, temiendo acaso descubrir manchas en el "inmaculado" Stalin al que nos habían legado respetar nuestros padres revolucionarios?

¿O, pueda ser que, por egoísmo, no tuviésemos tiempo de profundizar en problemas de tal envergadura, ya que la vida cotidiana nos planteaba problemas de nuestra propia subsistencia?

Nuestra vida en Kukkus

La aldea en la que íbamos a residir que, como ya decía, se llamaba Kukkus, estaba desierta y el silencio era sepulcral. Por las anchas calles de suelo natural andaban vacas y aves sueltas que, indudablemente, buscaban a sus amos.

Los alemanes del Volga eran gente muy trabajadora y muchos de los koljozes de la República Autónoma se consideraban ser cooperativas millonarias. Este adjetivo indicaba el alto nivel de vida que ya habían alcanzado sus miembros, los koljosianos, con su trabajo.

En 1941 - año de su deportación - habían logrado recoger una rica cosecha antes de abandonar sus tierras natales: los graneros estaban repletos de trigo; en los extensos sandiales reposaban grandísimas sandías de carne roja muy jugosa y dulce y los desvanes de las isbas koljosianas - que servían a sus dueños de despensa - guardaban los girasoles, judías y guisantes, recogidos en sus huertos particulares.

La nueva administración de Kukkus cedió a nuestra casa de niños un buen edificio de tres pisos de ladrillo rojo, y también numerosas isbas.

En estas últimas vivíamos los alumnos y alumnas de los 6º, 7º y 8º grados. Los párvulos y las clases restantes vivían en la casa de ladrillos. En ella también se instalaron la cocina y el comedor, la enfermería y otros servicios generales.

Nuestro grupo del 8º grado - o, como lo llamaban, "el grupo de los mayores" - constaba de 8 niños adolescentes: Arantxa Jáuregui, Luis Iglesias, Elías Arcega, José Barros, José Jerez, José Segura, Ángel Alonso y el autor de este libro.

Desde el primer día de nuestra estancia en Kukkus los trabajos de adaptación al nuevo régimen de vida ocupaban la mayor parte de nuestro tiempo.

Durante algunas semanas todos los mayores tuvimos como obligación ordeñar a las vacas vagabundas por la mañana temprano y por la tarde. Resulta ser que las vacas enferman si no se las ordeña a tiempo. Y aparte de nosotros, los niños españoles, todavía no residía nadie en la aldea.

Enseguida aparecieron entre nosotros los "instructores": niños y niñas asturianos y vascos que, recordando su infancia, ordeñaban a las vacas magníficamente.

Yo era uno de los discípulos "difíciles": en mi vida madrileña jamás había visto ordeñar una vaca y me parecía imposible poder hacerlo con mis propias manos. Me enseñó a ordeñar una niña asturiana que me gustaba mucho.

Puesto que no existían otros consumidores de la preciosa leche, que no fuéramos nosotros, organizábamos competiciones: ¿quién bebía más leche de un solo golpe?

El campeón era siempre José Segura, un buenazo y tranquilo muchacho de sonrisa inalterable.

En nuestros ratos de ocio salíamos a pasear por los sandiales. Llevábamos largos cuchillos y las emulaciones eran simples: ¿quién abría la sandía que, después de que cada uno de nosotros chupara un trozo de su corazón, fuera reconocida por unanimidad como la más dulce?

Aventando el trigo

Un día nos llamó el director de la casa de niños a los "siete mayores" y nos dijo que deberíamos pasar un par de semanas en la hacienda de una brigada del koljoz más próximo, que estaba a unos 20 kilómetros de Kukkus. Los graneros de dicha brigada estaban repletos de trigo y éste comenzaba a quemarse. Era necesario aventar el grano y en la brigada no había ni un alma. Nos dio, por si acaso, dos fusiles de pequeño calibre y cincuenta balas.

Cuando llegamos a la hacienda nos percatamos de que, efectivamente, el grano ardía. Para mí aquello también era una novedad. Con el fin de comprobarlo, una y otra vez metía en el cúmulo de grano los brazos hasta los codos, resistiendo en lo posible la elevada temperatura de la masa.

Agotados por la dura jornada de trabajo los siete aventadores nos encaramábamos a un pajar y nos tapábamos con la caliente paja: mientras cinco dormían a pierna suelta los dos centinelas vigilaban los alrededores.

¡Ni los lobos que aullaban todas las noches en aquella estepa alumbrada por la luna pudieron desvelar nuestro sueño!

Talando árboles

Poco a poco, sin darnos cuenta, entró el invierno. Un invierno desconocido: el invierno de la estepa rusa. Cayó la primera nieve y comenzaron a soplar ventoleras capaces de paralizar a las personas más dinámicas.

En las casas hacía frío, sobre todo en la casa grande de ladrillo rojo, donde residían los niños más pequeños. Los "siete mayores" del 8º grado fuimos movilizados para cortar leña en la orilla derecha del río Volga, rica en bosques, y traerla a casa para calentar las estufas y preparar la comida.

Cada mañana temprano - cuando todavía era de noche y el frío era inaguantable - los siete nos levantábamos y, después de aparejar los bueyes, salíamos en trineos - cada uno tirado por dos bueyes - hacia la abrupta orilla derecha del Volga.

Allí en el bosque, con la nieve casi hasta las rodillas, talábamos enormes árboles, los desramábamos y, con sierras grandes de dos mangos, cortábamos después sus troncos en pedazos de 3-4 metros cada uno.

Lo más difícil era el bajar los trineos cargados por la inclinada pendiente entre el bosque y la superficie helada del río Volga, que debíamos atravesar no sin peligro de que se rompiese el hielo. Poníamos cadenas en los patines de los trineos. Pero el deslizamiento era peligroso: la fuerza aceleratriz obligaba a los lentos bueyes a correr, cosa que ellos no sabían ni podían hacer. La masa del trineo con los troncos empujaba y podía destrozarlos.

Ángel Alonso Garitagoitia, el "Sani" (mote derivado de la palabra "sanitario", cargo electivo que asumió varios años en la casa de niños de Pravda, y que consistía en ponerse un brazalete con ese escrito y comprobar si todos los discípulos nos habíamos lavado las manos antes de entrar al comedor), era el más diestro en bajar los trineos hasta la superficie del río helado.

Pronunciaba unas palabras mágicas cuyo contenido nunca nos descubrió: "tsob", "tsobé". Los bueyes le comprendían y se lo agradecían, procurando retener el trineo durante el descenso.

Luego nos esperaba la entrada triunfal en el patio de la casa de ladrillos rojos, donde los pequeñines, las educadoras y las cocineras - todos muertos de frío - esperaban con impaciencia, mirándonos a través de los cristales empañados por el hielo, hasta que con las sierras, las cuñas y las hachas convertíamos los enormes troncos en pedazos de leña que pudieran caber en las estufas y en los hornos para ser quemados.

Aquellas miradas de los casi doscientos niños que diariamente depositaban en nosotros, "los siete mayores", su confianza de poder resistir al frío, nos alentaban y obligaban - aunque estuviésemos extenuados - a llevar la faena diaria hasta el fin.

No recuerdo ninguna temporada de mi vida más larga que aquellos crudos e interminables inviernos de 1941-1942.

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