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Capítulo IV. Una aldea alemana en la estepa rusa. Parte 3

El último pasodoble

A finales de septiembre de 1943 los "siete mayores" nos despedíamos de Kukkus, de nuestros compañeros y amigos de la casa de niños españoles Nº 1 y de nuestras guapas "novias", a las que por inexperiencia y falta de tiempo nunca nos declaramos.

 

Nos conformamos con bailar con ellas en el club de la aldea de Kukkus - alumbrado por una solitaria y débil bombilla sin pantalla - un singular pasodoble de despedida que guardamos en la memoria como una reliquia de nuestra difícil e inolvidable infancia y adolescencia.

¡A Moscú, a estudiar en la Universidad!

En la ciudad de Sarátov coincidimos en aquellas fechas con casi dos decenas de alumnos de otras casas de niños españoles, que también habían sido evacuadas a esa región del Volga y que, como nosotros - después de haber terminado el 10º grado - se dirigían a Moscú para proseguir los estudios en las instituciones de enseñanza superior.

Eran tiempos difíciles y el llegar a Moscú era todo un problema. Para lograrlo había que disponer de un permiso especial, llamado própusk, que la milicia soviética otorgaba sólo a aquellos que tenían pasaporte soviético interno y una invitación de la correspondiente Universidad en la que querías estudiar.

Luis Iglesias y yo disponíamos, como todos los demás, de la invitación de la Universidad Energética de Moscú - en la que los siete mayores pensábamos ingresar - pero no teníamos pasaportes.

Cuando salimos de España ninguno de nosotros llevaba consigo documento alguno de identidad. A medida que crecimos y abandonábamos las casas de niños - para ir a trabajar o proseguir los estudios - se nos hacía entrega de un pasaporte interno de la Unión Soviética, sin el que ninguna persona tenía derecho a residir, trabajar, estudiar o, simplemente, desplazarse por el país.

Para que a los niños españoles se nos concediesen dichos pasaportes cada uno de nosotros había escrito una solicitud dirigida a las autoridades soviéticas, solicitudes que habíamos entregado a las direcciones de las casas de niños en las que residíamos antes de comenzar la guerra. Luis Iglesias y yo también habíamos escrito y entregado nuestras solicitudes a la dirección de la casa Nº 8 de Leningrado. Pero aquella casa de niños había desaparecido, y no habíamos recibido pasaporte alguno.

Para nosotros dos estaba clarísimo que debíamos llegar a Moscú fuera como fuese y, una vez en la capital, los representantes del PCE que allí residían nos ayudarían a recibir nuestros pasaportes.

Dicho y hecho.

Dos polizones españoles

Aprovechando la presencia de tantos jóvenes españoles que se dirigían a la capital soviética a estudiar, Luis y yo penetramos clandestinamente en el vagón del tren "Sarátov-Moscú" y nos escondimos debajo de dos asientos-camas que los viajeros legales españoles ocupaban, y que ellos rodearon rápidamente con bultos y maletas para que nadie nos viera.

El tren salió para Moscú.

El espacio formado entre el asiento-cama y el suelo del vagón era muy estrecho y sólo podías ir echado de espaldas. ¿Resistiríamos en esta posición las casi 18 horas en las que el tren cubría entonces la distancia Sarátov-Moscú?

La "comida" y el agua para beber nos la proporcionaban nuestros fieles amigos, bajando inadvertidamente para los demás pasajeros una mano casi hasta el suelo del vagón, en la que nuestra aguda vista veía un pedazo de pan o un vaso de agua que rápidamente cogíamos para eliminar su contenido. Pero ¿cómo orinar? Para colmo de las "comodidades", por la parte del suelo que me servía de cabecera pasaba una tubería de la calefacción que desprendía un calor abrumador.

Hasta el día de hoy no comprendo cómo no morí entonces de un patatús. Por fin empezó a amanecer y yo, extenuado por los nervios de aquella noche, me dormí.

Me despertó una voz serena varonil que repetía sin cesar:

Preparen los pasaportes, el própusk y los billetes. Todo el que esté debajo de los asientos que salga inmediatamente.

Miré por una rendija entre dos de las maletas que rodeaban mi morada nocturna y vi dos botas altas de cuero brillante: estaba claro, era la milicia ferroviaria que cumplía con su deber - no permitir que llegase a Moscú ningún ilegal.

Estábamos ya en Tambov, ciudad que se encuentra a mitad de camino, y esas formalidades la milicia las repetía varias veces al día, comprobando todos los trenes de pasajeros que pasaban por allí con dirección a Moscú.

Al principio yo creía estar tan bien camuflado por las maletas y bultos, que rodeaban mis dos metros cuadrados del suelo del vagón, que aquellas palabras del miliciano no tenían nada que ver conmigo.

Ese inocente pensamiento duró unos minutos, hasta que el miliciano se aproximó a mi "fortaleza", dio una patada a las maletas y pronunció con rigurosidad:

¡Salga de ahí inmediatamente!

No me había visto, pero su experiencia le convencía de que debajo de cada asiento-cama había alguien escondido. ¡No se equivocaba!

Cuando nos bajaron a todos los polizones del tren y nos formaron en una columna de cinco en cinco - para conducirnos a la Comisaría Central de la ciudad bajo la vigilancia de milicianos armados con fusiles y bayonetas caladas - Luis y yo comprendimos que el número de polizones coincidía con el número de asientos-camas del tren.

Y es que a Moscú tenían necesidad de llegar mucha gente que, aunque tenían pasaporte, por unas u otras causas no habían recibido el célebre própusk y no tenían billete.

Dejamos nuestras maletas a los "legales" del grupo español y, dócilmente, nos dirigimos con la columna de polizones hacia la Comisaría de Tambov.

Desde las ventanas abiertas del vagón nuestros compañeros nos gritaban a Luis y a mí que no nos preocupásemos, que nada más llegasen a Moscú se lo comunicarían a Dolores Ibárruri.

¡Ese nombre nos daba fuerzas y esperanzas!

El veredicto de la troika

El edificio central de la milicia de Tambov parecía un hormiguero de gente que, en cola imprecisa e inacabable, esperaba a veces varios días su turno para resolver el problema de su desplazamiento al lugar requerido.

Unos querían regresar a sus lugares natales, ya liberados por el Ejército Rojo, pero inaccesibles todavía para la población civil. Otros, por el contrario, intentaban desplazarse hacia los Urales o Siberia en busca de sus familiares, evacuados hacia allí en los difíciles días de las ofensivas alemanas. No había trenes suficientes para todos los que tenían necesidad humana de participar en aquel movimiento caótico.

A la columna de polizones del tren "Sarátov-Moscú" nos metieron en una sala "especializada" para estos rituales diarios.

Sentado tranquilamente en una mesa del siglo XIX, el jefe de la troika de oficiales de la milicia allí presente - a la que el comandante del convoy había hecho entrega de los documentos de los detenidos - gritaba el nombre y apellido de cada uno de los polizones y, cuando el llamado se acercaba a la mesa, le explicaba que había sido retenido y multado por contravención a la ley de tráfico en tiempo de guerra, le hacía entrega de sus documentos y de un recibo de la suma pagada y le anunciaba la vía en la que se encontraban los vagones que dentro de unas horas le devolverían a Sarátov, ciudad de la que, como nosotros, acababa de llegar.

Llegó nuestro turno. Los documentos que Luis y yo habíamos entregado al miliciano que nos había sacado de nuestras "literas" ferroviarias eran dos breves certificados - firmados por el director de nuestra casa de niños Nicolai Panshin - en los que con su firma y sello éste confirmaba que éramos discípulos de la casa Nº 1 para niños españoles, que habíamos terminado los estudios del 10º grado y que nos dirigíamos a Moscú para ingresar en la Universidad Energética de la capital.

El jefe de la troika juzgadora, capitán de la milicia, al leer aquellos certificados levantó sus ojos y nos preguntó cortésmente si hablábamos ruso.

Se alegró al oír nuestra respuesta afirmativa y, dirigiéndose al jefe del convoy, preguntó:

¿Quién ha sido el ingenioso que bajó a estos dos jóvenes españoles del tren?

Cuando el jefe del convoy explicó que nosotros no teníamos própusk y, por lo tanto, billete para el tren, el capitán le miró fijamente y, en voz baja, le dijo:

¡Si, tiene razón! pero ¿comprende usted que estos dos jóvenes son de aquellos niños españoles que acogimos en nuestro país cuando sus padres ya luchaban contra el fascismo?

Una pausa, unas sonrisas y, después de consultar con su reloj, una orden del capitán a uno de los dos tenientes que formaban la troika:

Dentro de una hora llega un tren que pasará por Moscú. Dile al jefe del tren que responde por que...

- leyó familiarmente en voz alta nuestros nombres en los certificados -

... Luis y Virgilio estén hoy por la tarde en Moscú.

Se levantó, nos dio la mano y, cuando nos disponíamos ya a marchar con el teniente, nos paró con un grito:

¡Esperar un momento! ¿Habéis desayunado?

Respondimos que no, pues teníamos mucha hambre. El capitán ordenó al teniente:

Ahora mismo dales de comer algo de nuestro rancho y que cojan pan con alguna lata de conservas americanas para el camino. Pero no tardéis al tren.

Por la noche, después de haber dormido a pierna suelta en las verdaderas camas del vagón en el que nos metió el teniente una vez transmitida la orden del capitán al jefe del tren, llegamos efectivamente a Moscú.

Pasionaria está preocupada

Nos dirigimos a la ciudad estudiantil de la Universidad Energética.

Nuestros compañeros, al vernos, no lo podían creer. Ellos ya habían estado en la oficina de PCE, habían visto a Dolores Ibárruri, "La Pasionaria", y ésta, en su presencia, pidió a alguien del CC del PCUS que nos ayudasen a Luis y a mí a salir de Tambov hacia Moscú.

Dolores siempre fue Dolores: para ella no existían pequeñeces cuando se trataba de los niños españoles que residíamos en la Unión Soviética.

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