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Capítulo VI. Alexandr y Klavdia. Parte 1

La ciudad de Ekaterimburgo fue fundada en 1723 por el zar Pedro I El Grande en honor a su segunda esposa Ekaterina.

En 1924, después de la muerte de Yákov Sverdlov - partícipe de la revolución de 1905-1907 en los Urales y estrecho colaborador de Lenin - la ciudad de Ekaterimburgo fue rebautizada por el Gobierno bolchevique con el apellido de este revolucionario, y pasó a llamarse Sverdlovsk.

 

Actualmente las autoridades rusas han devuelto a la ciudad su nombre de pila: Ekaterimburgo. Parece ser que con la demolición de la "Casa de Ipátiev" - lugar donde fue ejecutado el último zar de Rusia con su familia - y el restablecimiento del nombre histórico de la ciudad, alguien pretende corregir en lo posible aquel crimen cometido en la región uraliana en los primeros años de la Revolución de Octubre.

El cariño que profeso a Ekaterimburgo - ciudad testigo de los primeros pasos de mi joven familia - es muy singular.

Ekaterimburgo fue la ciudad en que, por primera vez - lejos de las casas de niños españoles y del grupo español del Energo - percibí la realidad de la difícil vida soviética y pude valorar la grandeza del sacrificio y generosidad de su pueblo.

Mi esposa Inna Alexandrovna Kashéeva, rusa de pura cepa, fue siempre mi fiel guía y comentarista en mi descubrimiento y apreciación de aquella realidad.

La "Casa Sierra"

En el andén de la estación de Sverdlovsk nos esperaba la parte masculina de la familia Kashéev.

El padre de Inna - Alexandr Matvéevich - intentaba contener las lágrimas al ver a su hija pequeña, ya ingeniera. Yo caí en un fuerte abrazo de Yuri - el hermano de Inna - que, de reojo, con la experiencia de los nueve años de diferencia entre nuestras edades, me miraba apreciando lo que representaba físicamente su cuñado español.

Yuri Kashéev, hermano mayor de Inna

Yuri Kashéev, hermano mayor de Inna

La casa de cuatro pisos en la que residía la familia de Inna tenía en el plano una forma muy original, pues recordaba los dientes de una sierra, por lo que toda la ciudad la conocía con el nombre de "Dom Pilá" ("Casa sierra"), y cuando alguno de sus inquilinos invitaba a alguien a su casa no tenía que darle otra dirección que no se fuese la de: "Dom Pilá" y el número de su puerta.

El piso que ocupaban los Kashéev constaba de tres habitaciones.

En una de ellas vivía Yuri con su esposa Nina y dos hijas pequeñas. Otra habitación más pequeña, amueblada con una cama de matrimonio y un armario, estaba destinada para nosotros dos, los recién casados. La tercera habitación - que era la más grande y había servido de comedor y salón a toda la familia hasta nuestra llegada - se convertiría por las noches, después de la cena, en el dormitorio de los padres de Inna.

Tal era el piso en el que, en buena armonía, residiríamos toda la numerosa familia en la ciudad de Sverdlovsk.

El baño ruso

Después de nuestro largo viaje en tren Inna y yo realizamos nuestro aseo personal en un baño ruso comunal que funcionaba en la manzana de viviendas. Aquel baño ruso de Sverdlovsk era diferente a todos en los que hasta entonces me había bañado en la URSS.

En la calle, antes de entrar al edificio, adquirimos unos manojos de ramas de abedul, imprescindibles cuando tomas un baño de vapor. Después del vestuario, ya en pelota, entrabas en una sala y podías ir subiendo paulatinamente anchos escalones de una gradería de madera en cada uno de los cuales reinaban atmósferas invisibles de vapor, cuyas densidades y temperaturas aumentaban a medida que ascendías hacia el techo de la sala del baño.

En dichos escalones tranquilamente, aunque sudando la gota gorda, descansaban seres humanos que, azotando sus cuerpos con las ramas de abedul, gritaban de vez en cuando: "¡avivar el vapor!".

Era algo insoportable.

Yo no dudaba que Yuri me había llevado a aquella "caldera" para probar mi hombría y yo, como español, estaba obligado a ensalzarme con mi conducta ante los allí presentes. A medida que Yuri ascendía al escalón superior - asestándose en el pecho y en la espalda latigazos con las ramas de abedul como medio curativo - yo calculaba intuitivamente los escalones que aún quedaban por ascender.

Oía la voz irónica de Yuri que regularmente - como si fuese San Pedro -, me preguntaba cómo me sentía, siempre desde el escalón superior al que yo me encontraba.

Decidí alcanzar la "cumbre" de la gradería fuese como fuese. Y me encaramé a ella. Pero cuando ya me parecía haberlo logrado, uno de los asiduos de aquel último escalón de campeones - no pudiendo soportar el atrevimiento de un extraño que hablando el ruso con acento había llegado a la "cima" - ordenó inmediatamente avivar el vapor.

Para no asfixiarme, tuve que emprender un descenso de emergencia.

Antes de abandonar el baño me esperaba una última prueba "curativa" masculina: beber un jarro de cerveza, como decía Yuri, con "remolque", que no era otra cosa que medio vaso de vodka.

¡Gracias a Dios que en la calle la temperatura era de un elevado bajo cero - pues todavía corría el mes de marzo - y el efecto de dicho elíxir no fue mortal para mi estado de equilibrio! Yuri calificaba todo mi comportamiento en el baño con la palabra rusa molodets, que en español corresponde a la palabra gallardo.

Pelmenis uralianos acompañados de...

En casa de los Kashéev ya se encontraba todo preparado para comenzar la comida de fiesta. Los apetitosos olores que emanaban los sabrosos manjares - ya acumulados en la cocina en espera de su desfile hacia el comedor - y el ajetreo de las mujeres, anunciaba que todos estaban muy preocupados por agasajarnos opíparamente.

1949 - año en el que festejamos nuestra boda en casa de los padres de Inna - era un año muy difícil. Hacía sólo cuatro años que había terminado la guerra. En las tiendas estatales los productos alimenticios eran muy escasos y los precios en los mercados estaban por las nubes. Klavdia - la madre de Inna - había confeccionado un menú que prometía platos sabrosos y accesibles a los recursos económicos de la familia.

El plato clave eran los exquisitos pelmenis uralianos, comida de la época fría del año que algunos culinarios - ofendiendo inconscientemente a la cocina rusa - llaman raviolis.

El secreto de estos sabrosos pastelillos, que una vez preparados se congelan en crudo hasta convertirlos en "piedrecitas", reside en la composición y forma de preparar sus ingredientes: la masa de harina y la mezcla de carne picada y condimentada con la que se rellenan. Su confección es un arte culinario.

En la casa de los Kashéev la madre era la única persona que tenía derecho a preparar la masa, mientras que Alexandr Matvéevich era el encargado de elegir y comprar en el mercado las diferentes carnes, picar su mezcla en una artesa de madera con ayuda de una tajadera especial y condimentar con sal y pimienta la carne picada hasta el grado requerido.

En aquel entonces - cuando los rusos prácticamente no disponían de frigoríficos en sus casas - eran los balcones y las ventanas de éstas donde en invierno se depositaban o colgaban los sacos de tela llenos de pelmenis crudos, y las bajas temperaturas uralianas se encargaban de conservarlos y convertirlos en durísimas "piedrecitas", dispuestas a ser cocidas y consumidas en cualquier momento.

... braga

La bebida que acompaña a los pelmenis es normalmente la vodka rusa, pero como entonces ésta era deficitaria y cara, la madre de Inna preparó para la comida una bebida casera que le aconsejó una experta vecina: braga. Su composición es simple y consta de cierta cantidad de agua con levadura a la que, poco a poco, a medida que transcurre la fermentación, se añade levadura y azúcar.

Klavdia preparó una braga que, una vez terminada su degustación por los entendidos, fue graduada en unos... ¡60 grados de alcohol puro! Era "pólvora", pero sabrosa, y acompañaba muy bien a los pelmeni.

Aquella comida fue inolvidable. Parecía que los brindis por la felicidad de nuestra joven familia y los tradicionales gritos de ¡gorko! (¡amargo!) - con los que los invitados clamorean en las bodas rusas pidiendo que los recién casados se besen públicamente para dulcificar con el beso su porvenir y también el sabor que ha dejado en sus gargantas el consecutivo traguito de braga - no acabarían nunca.

Estaba amaneciendo cuando todos los presentes entonamos - yo muy bajito, recordando mi conflicto con Tuvíl Márkovich - y bailamos el vals "En los cerros de Manchuria", muy popular en Rusia desde principios del siglo.

Un cosaco uraliano

El silencio que se apoderó de nuestro piso del "Dom Pilá" después del festejo de nuestra boda fue el aliado que esperaba el discreto Alexandr Matvéevich para - en presencia de sus seres queridos - relatar a su yerno español la complicada y digna historia de la familia Kashéev.

Alexandr Kashéev era un cosaco uraliano nacido en 1897 en una numerosa y humilde familia campesina que tenía 11 hijos. A los 18 años Alexandr se casó con una muchacha de su aldea que, transcurrido un año, falleció después de haber dado a luz a un niño bautizado con el nombre de Fiódor.

Cuando en 1917 estalló la revolución Alexandr Kashéev, que ya había cumplido 20 años, fue movilizado a las filas del Ejército Blanco zarista, del que desertó a los tres meses para engrosar las filas del Ejército Rojo, que era el ejército de su clase social.

Después de una grave herida recibida en el frente Alexandr fue desmovilizado, ingresó en el partido bolchevique, estudió en unos cursos que preparaban maestros rojos y, más tarde, terminó una escuela de peritaje de minería. En 1924 Alexandr Matvéevich conoció a Klavdia Rubtsova, viuda de 29 años que trabajaba en un orfanato como educadora y que tenía dos hijos del matrimonio anterior: Tamara y Yuri.

Tamara Kashéeva, hermana mayor de Inna

Tamara Kashéeva, hermana mayor de Inna

Alexandr y Klavdia se casaron.

Padre y madre de Inna Kashéeva

En la foto, ambos 21 años después de la boda. Sverdlovsk, 1945

De este feliz matrimonio en 1925, en la ciudad de Miass de los Montes Urales - casi a 5.000 kilómetros de mi calle de San Cosme y Damián de Madrid - nació Inna, la menor de los cuatro hermanos. En 1929 Alexandr Kashéev fue destinado a trabajar en calidad de ayudante del jefe de la construcción del Combinado metalúrgico de Magnitogorsk.

Inna Kashéeva. Años escolares en Sverdlovsk

Inna Kashéeva. Años escolares en Sverdlovsk

Este combinado - uno de los primeros gigantes de la industria socialista - ya en 1932 realizó una colada de fundición de su primer horno. Un pequeño lingote de esta colada - con una inscripción que dice:

A Alexandr Matvéevich Kashéev. Fundido de la primera colada del horno de Magnitogorsk. 1932

- siempre fue el orgullo de todos los Kashéev, y hoy día se encuentra con nosotros en España.

Pero en aquellos años, aparentemente felices, en la URSS ya había comenzado la paranoica "lucha contra los enemigos del pueblo". Stalin comprendía que precisamente los comunistas de aquellos años eran testigos oculares de las atrocidades que entonces se cometían en el país.

¡Y había que eliminar a los testigos!

Uno de los secretarios de la organización regional del partido de Orenburgo - viejo amigo de Alexandr Matvéevich - avisó a Kashéev que éste figuraba en una "lista negra" de miembros del partido bolchevique elaborada por la troika local.

El padre de Inna se vio obligado a huir urgentemente de Magnitogorsk con toda su familia y, con la ayuda de un fiel amigo también comunista, pasó a trabajar a la contigua región de Sverdlovsk, en la construcción de la gigantesca fábrica "Uralmash". Alexandr hizo una pequeña pausa en su trágico relato y, con voz empañada, agregó:

Entonces me quise suicidar. Me retuvieron los cuatro hijos, el pensar lo que les esperaba. Decidí que debía seguir trabajando y luchando en las filas de base del partido y esperar el día que se hiciera justicia con los culpables de lo ocurrido.

Alexandr Matvéevich trabajó en la fábrica "Uralmash" cerca de 20 años y militó en las filas del PCUS hasta el último día de su vida, sin confundir jamás las crueldades, majaderías y los errores políticos y económicos - cometidos por sus dirigentes - con la idea del socialismo.

En la ciudad de Sverdlovsk los Kashéev prosiguieron viviendo en el mismo marco de amor y normas morales que crearon los padres desde el primer día de la fundación de su familia en Miass.

Esperando a Fiódor

Transcurridos tres meses desde aquel trágico día en el que, al amanecer, la Alemania nazi atacó vilmente a la Unión Soviética - en septiembre de 1941 - Alexandr Kashéev recibió un telegrama de su hijo Fiódor en el que éste comunicaba que, camino del frente, su unidad militar pasaría en tren a través de Sverdlovsk. Toda la familia se desplazó a la estación, estableciendo guardia en cada una de sus vías.

Los trenes repletos de armamento y combatientes - todos ellos procedentes del Lejano Oriente y de Siberia - pasaban sin cesar por la estación de Sverdlovsk en dirección de Occidente. Era muy difícil saber la unidad que viajaba en cada convoy: ello era un secreto militar. Dos días estuvo toda la familia en la estación, corriendo de una vía a otra en busca del esperado tren.

Una carta firmada por el jefe del Estado Mayor de la unidad acorazada en la que Fiódor servía, comunicaba el 18 de noviembre de 1941 a la familia que el tanque del teniente superior Kashéev había sido abatido en el frente de Leningrado por la artillería alemana y que Fiódor había perecido en aquel combate.

El tanque del Fiódor Kashéev había sido abatido en el frente de Leningrado por la artillería fascista

El tanque del Fiódor Kashéev había sido abatido en el frente de Leningrado por la artillería fascista

Toda la familia lloró la pérdida, sobre todo Inna: ambos tenían muchos intereses comunes, aunque su diferencia de edad era de 9 años.

Fedya - como cariñosamente llamaban en diminutivo a Fiódor en la familia - era su mejor amigo. Había estudiado solfeo en la escuela, tenía una magnífica voz de tenor y sus profesores le auguraban un brillante porvenir. A Inna - que ya a los 10 años estudiaba música y tocaba el piano - le encantaba oír la lírica voz de su hermano y ver con qué facilidad leía las partituras.

... El hado decidió evitar la dolorosa y simultánea escena de un esperado recibimiento e inesperada y acelerada despedida a la eternidad de un hijo y hermano que se apresuraba al frente occidental para ofrendar su joven vida a la patria Rusia.

Pero si el relato de Alexandr Matvéevich respecto a las vicisitudes de los años treinta en Magnitogorsk y la muerte de Fiódor en 1941 me había conmovido, no menos me impresionó la narración de Konstantín Rubtsov - tío de Inna por parte materna - relacionada con sus años de participación en la Gran Guerra Patria.

Inna conocía muy bien estos sucesos, aunque nunca me los había contado en Moscú. Ella quería que algún día yo los oyese personalmente de los labios de su tío Konstantín, capitán de aviación, uno de los llamados halcones estalinianos: adjetivo con el que los dirigentes soviéticos elogiaban entonces a los pilotos militares.

Un halcón estaliniano

Ya antes de la guerra el capitán Rubtsov había sido condecorado con una de las máximas ordenes soviéticas: la Orden de la Bandera Roja.

El 22 de junio de 1941 - día en que la Alemania hitleriana atacó a la Unión Soviética- el capitán Rubtsov tenía 37 años. Hacía unos días que su unidad estaba en estado de excepción y todas las familias de los militares habían sido evacuadas hacia oriente.

El halcón staliniano Konstantín Rubtsov en su unidad militar, 1940

El "halcón estaliniano" Konstantín Rubtsov en su unidad militar, 1940

Su escuadrilla, perteneciente a la aviación de gran radio de acción, participó en los primeros bombardeos de la retaguardia alemana. El avión de Rubtsov fue derribado y Konstantín cayó en manos de los alemanes. Junto a otros compañeros organizó la fuga de un grupo de prisioneros del campo alemán de concentración en que se encontraban, y durante muchas noches estuvieron abriéndose paso hacia las posiciones del Ejército Rojo. Por fin, enfermos, hambrientos - pero felices - alcanzaron las líneas soviéticas.

A ninguno de ellos les podía venir a la imaginación que los "suyos" - partiendo de una orden personal de Stalin de que cada combatiente soviético debía guardar la última bala para pegarse un tiro antes de caer en manos enemigas - habían creado todo un cuerpo represivo, encargado de "aclarar" en qué circunstancias cada uno de los supervivientes, extenuados y casi moribundos, había logrado escapar de las garras del enemigo y unirse a las unidades de vanguardia del ejército soviético. Para comprender la crueldad de aquella orden es suficiente que el lector sepa que aquel cuerpo represivo se llamaba "SMERSH" - abreviatura de la frase en ruso "muerte a los espías".

Konstantín fue internado en un campo de concentración en las cercanías de Moscú. Vestido con un chaquetón guateado de recluso y realizando trabajos forzados aguardaba ya en él dos años hasta que se "comprobase" que no era ni agente alemán ni traidor. La humillación le llevó a tomar la decisión de no escribir nada de lo ocurrido a su esposa ni a sus familiares: no sabía cómo explicar a sus seres queridos - que trabajaban día y noche para alcanzar la esperada victoria sobre el enemigo - aquella ignominia que se cometía con él y sus compañeros de lucha. Era mejor que en casa todos siguieran creyendo que había perecido en el frente.

Un buen día, cuando un grupo de pasajeros del metropolitano moscovita salían de una de sus estaciones a la calle, fueron inesperadamente retenidos en la acera por una barrera de milicia. Entre aquellos pasajeros se encontraba Inna, entonces ya estudiante de la Universidad Energética. La causa de la retención era la de que en ese momento pasaba por la Avenida de Leningrado una larga columna de prisioneros, ex combatientes soviéticos que - después de haber terminado la jornada de trabajo - eran conducidos al campo de concentración donde residían en espera de la "comprobación" de su caso.

Fue Inna la que vio la cara envejecida de su querido tío Kostia entre las filas de aquellos desgraciados. ¡Qué ironía de la vida: la estación del metro moscovita en cuya salida ocurrió este suceso se llama "Sókol", que en español significa "Halcón"!

Ninguno de los presos levantaba la cabeza y la gente los miraba con tristeza.

Inna lanzó un agudo grito de ¡tío Kostia! y, para unos segundos, logró romper de un empujón el cordón de milicianos. El capitán Rubtsov levantó rápidamente la cabeza, encontró a Inna con la vista, sonrió y prosiguió la marcha forzada: nadie de los presos tenía derecho a salir de la columna vigilada. Inna llamó urgentemente por teléfono a Sverdlovsk, al "Dom Pilá" - donde durante toda la guerra residió y todavía residía la esposa del capitán Rubtsov con su hijita Natasha - y comunicó la feliz noticia: Konstantín estaba vivo.

Cuando Konstantín Kuzmich fue puesto en libertad, pero no rehabilitado, marchó con su familia a vivir a la ciudad de Vorónezh, situada en el centro de la parte europea de Rusia. Con ayuda de un amigo suyo se colocó a trabajar en una fábrica de aviación. Allí trabajó hasta su jubilación. Sólo después de la muerte de Stalin - como centenares de miles de otros ciudadanos soviéticos represaliados - fue rehabilitado totalmente y le devolvieron su condecoración, la orden de la Bandera Roja requisada por los "SMERSH" cuando fue detenido.

Falleció en 1994 y fue enterrado con los honores civiles y militares merecidos en vida.

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