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PereXilandia en Redes Sociales

Capítulo VI. Alexandr y Klavdia. Parte 4

El Mariscal Gueorgui Zhúkov

En Známenka presencie un espectáculo digno de relatar.

El 12 de marzo de 1950 en toda la URSS se celebraron elecciones al Sóviet Supremo. Uno de los dos candidatos a diputados por la región de Sverdlovsk era Gueorgui Zhúkov, célebre Mariscal del Ejército Rojo que el 8 de mayo de 1945 - en nombre del Alto Mando Soviético - aceptó y firmó la capitulación de la Alemania fascista.

 

Zhúkov había sido durante la guerra el coordinador de los frentes en la batalla de Stalingrado. Era un hombre muy conocido en todo el mundo y para el pueblo soviético era uno de sus principales héroes de la Gran Guerra Patria. Stalin siempre miró a Zhúkov con mucho recelo, temiendo ser eclipsado por la personalidad y talento de éste, y una vez terminada la guerra siempre procuró tenerle lo más lejos posible de la capital.

En el año 1950 Zhúkov era el Jefe Supremo de la circunscripción militar de los Urales y, como tal, accedió a presentar su candidatura al Sóviet Supremo de la URSS. El 8 de marzo debía intervenir en Elán ante una multitud de electores de aquel distrito que allí se reunirían para ver y oír a su ídolo.

Esperando al Mariscal

En Známenka le aguardaban un grupo de electores, que se habían preparado a fondo para pedir a su futuro diputado que ayudase a los habitantes de la aldea a resolver una serie de problemas vitales. Los mejores oradores locales, adultos y niños, habían aprendido de memoria lo que tenían que pedir al candidato.

El mayor de ellos comenzaría el breve encuentro con Zhúkov planteando la necesidad de pasar administrativamente la aldea de Známenka del distrito de Elán al distrito de Irbit. Los argumentos que exponían sus autores eran muy serios y, puesto que los problemas de la división administrativa del país eran competencia del Sóviet Supremo de la URSS, le pedirían a Zhúkov que expusiese esta cuestión en la primera sesión de la cámara de los nuevos diputados.

Efectivamente, la aldea de Známenka, como señalé antes, se encontraba a unos 20 kilómetros de la ciudad de Irbit - centro de distrito a la que la unía una carretera revestida de asfalto - mientras que la distancia que la separaba de Elán era aproximadamente de 40 kilómetros y el camino a recorrer estaba casi todo el año cubierto de fango o profunda nieve.

Era un absurdo.

La segunda oradora era una niña de unos doce años que debía invitar al Mariscal a visitar la escuela de Známenka y pedirle que les ayudase a recibir cuadernos para escribir, plumas y lápices y, sobre todo, los libros de texto que les faltaban a las primeras clases.

El Mariscal tiene prisa

Zhúkov, acompañado de su séquito, llegó con una tardanza de casi una hora: el mal tiempo y los numerosos mítines electorales en los que ya había participado ese día fueron la causa del incumplimiento del horario de su agenda. La ventisca había cerrado a los automóviles militares el camino y por eso Zhúkov pasó a sentarse en uno de los trineos tirados por troikas de excelentes caballos trotones que el presidente del Sóviet rural había preparado con antelación para que el candidato a diputado no llegara tarde al mitin de Elán.

El mariscal prometió reunirse al regreso con el grupo de electores de Známenka y pidió al presidente del Sóviet rural que dieran de comer a sus hombres que quedaban en Známenka esperándole, pues todos habían desayunado muy temprano y tenían hambre.

La deuda del Mariscal

Aunque Zhúkov regresó de Elán al anochecer conversó con sus electores de Známenka que le esperaban. Éstos, tal y como lo habían previsto, comenzaron a exponerle los problemas de su aldea. Un coronel, ayudante de Zhúkov, apuntaba en un bloc de notas las promesas que éste hacía a sus electores. Cuando todos ya creían terminada la entrevista y el mariscal, por cortesía, preguntó si alguien tenía algo que añadir, el presidente del Sóviet, inesperadamente, dijo con voz inmutable:

Camarada Zhúkov, Ud. me debe 73 rublos y 50 kópeks.

El candidato a diputado quedó perplejo, pero preguntó el porqué de semejante deuda.

Por la comida de sus choferes y de la escolta que Ud. dejó en Známenka

- respondió el presidente.

La gente estaba indignada y tenía razón para estarlo, pues la hospitalidad del pueblo ruso es bien conocida por todos, pero el presidente del Sóviet rural, con las palabras "aquí no tengo cambio, pero le daré la vuelta" ya había cogido los billetes que le ofreció el coronel-ayudante de Zhúkov y se los metió en el bolsillo.

El cortejo político-militar salió rápidamente hacia Irbit, mientras que el presidente del Sóviet se dirigió a la isba donde estaba correos para cambiar el dinero y enviar un giro a la ciudad de Sverdlovsk a nombre del Mariscal Gueorgui Zhúkov, aunque no sabía las señas de éste. Lo más curioso fue al día siguiente, cuando por indicación de algún alto funcionario regional del PCUS, se discutió el suceso en una reunión abierta de la organización de los comunistas de Známenka.

Decidí acudir a la reunión. Era la primera vez en mi vida que participaba, aunque como espectador, en una reunión de una organización de base de PCUS.

El secretario abrió la reunión diciendo que lo ocurrido ayer era una vergüenza y que el presidente del Sóviet rural debería explicar a todos los presentes cómo se le ocurrió pedir dinero a una personalidad cual era el Mariscal, persona conocida en todo el mundo y cuatro veces Héroe de la Unión Soviética por sus hazañas militares.

El presidente del Sóviet rural, inválido de guerra del primer grupo, contestó que si se hubiese tratado personalmente de Zhúkov él le hubiese invitado a comer en su casa y le hubiese ofrecido albergue. Pero el séquito que comió en la "Chainaya" ("Cantina") constaba de 18 hombres que tenían mucho apetito y bebían bien, y lo que costó la comida superaba su modesto sueldo mensual, con el que sustentaba a su numerosa familia.

El silencio en la isba donde se celebraba la reunión era sepulcral: nadie sabía cómo y de qué presupuesto se podían sacar aquellos desdichados 73 rublos y 50 kopeks para la campaña electoral. En ese momento me acordé de que mi sueldo mensual era de 70 rublos.

Una koljosiana preguntó de dónde había salido el dinero que gastaron en pintar aquellas pancartas de tela roja y letras blancas tendidas en los frontones de las isbas, que decían "¡Viva el bloque de los comunistas y de los sin partido!" y "¡Gloria al PCUS!", pero el secretario del partido gritó diciendo que eso no le importaba a ella, y la mujer se calló.

El presidente del koljoz vecino a Známenka propuso abonar el dinero en nombre de su cooperativa, pero con la condición de que se firmase un acta en el que constase que aquellos gastos se efectuaron para reparar los daños que unas ráfagas de viento habían causado en el tejado del establo de vacas del koljoz. Uno de los presentes dijo que la propuesta del presidente del koljoz no podía ser aceptada, pues no hacía mucho ya se habían firmado dos actas en las que figuraba dicho tejado, aunque el dinero se empleó para otras necesidades. Como nadie sabía lo que hacer y, en definitiva, nadie debía dinero a nadie, se cerró la reunión.

14.03.50. Pálezkoe.

Queridísima pequeñuela:

Todavía eres muy pequeña y no comprendes la felicidad de tu aparición en nuestra vida. Tus padres ahora somos muy jóvenes, nos queremos mucho y te amamos. Pero tu papá frecuentemente se encuentra en viajes de servicio. Sobre todo lo pasa mal por las tardes, cuando viene cansado del trabajo y nadie le acaricia. Y también por las mañanas, cuando se levanta de la cama y nadie le sonríe como tú lo haces...

19.03.50. Hidroeléctrica de Známenka.

... no dormí toda la noche. En la isba residía una enormidad de chinches y parece ser que todas a la vez se lanzaron sobre mí...

21.03.50. Hidroeléctrica de Známenka.

... Estoy acostado en un banco y doy rienda suelta a la imaginación...

Me aleja de mis pensamientos la voz de la anciana dueña de la isba que me dice: "¡Pasea un poco, hijo, verás que muchachas tan guapas viven en nuestra aldea!...

12.04.50. Hidroeléctrica de Bazhénovo.

... El 14 de abril en Moscú festejarán el 19 aniversario de la República española...

Quisiera estar ese día con todos mis compañeros...

Regresé a Sverdlovsk muy cansado y preocupado por el futuro de nuestra joven familia: no podíamos vivir separados tres cuartas partes del año.

Además, me parecía que mi trabajo no tenía perspectivas.

Las grandes termo e hidroeléctricas que ya se construían - especialmente, las hidroeléctricas gigantes, que se encontraban en el estadio de proyecto y que aprovecharían las aguas de los principales ríos del país - serían las fuentes que, con ayuda de un sistema único de redes eléctricas de alta tensión, proporcionarían la energía eléctrica requerida por los koljoses y las zonas rurales. Muchos de mis compañeros españoles, con los que estudié en la Universidad Energética de Moscú, ya hacía más de un año que trabajaban en la ejecución de algunas de estas grandes obras en los caudalosos ríos Kama y Volga de la Rusia europea. No era menos importante para nosotros los ingresos de que disponíamos: Inna tenía un sueldo de 80 rublos y el mío, como antes señalaba, era aún menor.

Mientras tanto en el mercado los productos estaban carísimos: un kilo de carne costaba de 10 a 15 rublos. Yo debería, ante todo, buscar una solución a los problemas económicos que nos agobiaban.

Informé a mis jefes de los resultados de mi último viaje de servicio. Los días de trabajo en el "Selelectro" eran monótonos y el trabajo muy rutinario. Había que acelerar el desenlace de tal situación.

¡Y el hado nos ayudó!

El 21 de agosto de 1950 el Consejo de Ministros de la URSS aprobó el plan de la construcción en el río Volga - en la región de Kúibyshev, antigua Samara - de una hidroeléctrica de casi 2 millones de kilovatios de potencia. Sería entonces la mayor de Europa. Inna y yo leímos veinte veces el periódico "Pravda" en el que se publicaba la noticia, nos miramos y, sin decir una sola palabra, comprendimos que ya habíamos tomado una decisión unánime.

Ahora era menester plantear el problema a los padres de Inna y comenzar a luchar por lograr nuestro ensueño, aunque no sería cosa fácil.

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