Labrando nuestro porvenir

El tren que nos llevaba desde Sverdlovsk hasta Kúibyshev pasaba por Miass, ciudad natal de Inna en la que ella no había estado ya hacía muchos años.

Puesto que la parada en Miass era larga decidimos pasear por las afueras de la estación y respirar el aire puro, engendrado en las cercanas montañas de Ilmén por las purificadoras aguas cristalinas de los lagos Turgoyak y Chebarkul y los esbeltos pinos y abedules del vedado nacional, gratos recuerdos de la niñez de Inna.

Los dos meses que precedieron a nuestra marcha a Kúibyshev fueron inquietos.

Las solicitudes que dirigimos al Comité Central del Komsomol, pidiendo que nos enviasen a trabajar en la construcción de la hidroeléctrica gigante, parecían haber caído en el olvido. Nadie nos contestaba. Insistimos varias veces más hasta que, por fin, alguien accedió a nuestras peticiones.

Ahora quedaba lo principal: aprobar en el amplio consejo familiar nuestra marcha.

Los argumentos que Inna y yo alegábamos justificando nuestra decisión eran comprensibles y todos estaban conformes con ellos. Nadie dudaba de que en aquella gigante obra ambos pudiéramos encontrar un trabajo interesante, desarrollar nuestros conocimientos de la ingeniería y consolidar nuestra situación económica.

Pero existía una cuestión primordial difícil de resolver: ¿qué hacer con María, que entonces sólo iba a cumplir un año? Llevarla inmediatamente con nosotros era arriesgado, pues sabíamos que en las nuevas obras el problema de la vivienda era difícil de resolver enseguida. Es más, se aproximaba el invierno, y si nosotros dos podíamos vivir el primer año en tiendas de campaña - hasta que se construyesen las primeras casas - era imposible imaginarse a nuestra pequeña criatura en semejantes condiciones.

Además, si ambos íbamos a trabajar ¿quién estaría con Máshenka todo el día?

Descartamos la posibilidad de marchar los tres juntos. Había que dejar por el momento a nuestra pequeñina con los padres de Inna, y contratar a una niñera para que los ayudase. Aunque, desde cualquier punto de vista, esto no era nada fácil.

Los periódicos soviéticos dedicaban mucho espacio a la construcción de la hidroeléctrica gigante.

El río Volga se calificaba de

sustentador; trabajador; héroe; madre de todos los ríos rusos. El Volga es testigo de muchos acontecimientos históricos de gran importancia: desde el levantamiento campesino de Stepán Razin hasta la hazaña inmortal de Stalingrado.

Las aguas que alimentan el río Volga provienen de más de siete mil riachuelos y ríos cuyas cuencas ocupan una superficie superior a la superficie conjunta de Inglaterra, Alemania y Francia.

El Volga, cuya longitud alcanza 3.700 kilómetros, conduce anualmente al mar Caspio 255.000 millones de metros cúbicos de agua dulce... Aproximadamente el 44% de la población rusa vive en la cuenca del Volga.

Una revista de ingeniería anunciaba que

... El Gran Volga será la arteria que, a través de un sistema de esclusas navegables, unirá entre sí cinco mares: el Caspio, el Báltico, el Blanco, el Negro y el de Azov.

El periódico central del Komsomol advertía las dificultades que esperaban a los constructores de la hidroeléctrica, confirmando indirectamente cuan sensatos fuimos Inna y yo al dejar por el momento a nuestra hija en el cálido hogar familiar:

En invierno las heladas alcanzan 40 grados bajo cero, mientras que en verano las temperaturas llegan a ser de 37-40 grados de calor. Por término medio 158 días al año son fríos, con temperaturas negativas...

Llegamos a Kúibyshev cuando ya había anochecido. Siguiendo los consejos prescritos en la carta que habíamos recibido de la organización "Guidrostroy", en la que íbamos a trabajar, deberíamos tomar uno de los barcos que, con paradas en todos los numerosos desembarcaderos existentes en la ruta, rendían el viaje Kúibyshev-Stávropol en el Volga, pequeña ciudad en la que se basaba la plana mayor de la construcción y que en el futuro, cuando construyésemos la hidroeléctrica, formaría parte del fondo del Mar de Kúibyshev.

Embarcamos en uno de los vapores de línea.

Los salones de pasajeros del barco que, tirado por dos ruedas laterales de paletas, nos conducía lentamente hacia el punto de destino, estaban abarrotados. Todos los asientos los ocupaban niños, mujeres y ancianos locales que, utilizándolos como camas particulares, ya dormían a pierna suelta. La atmósfera de estos salones, impregnada de sudor y olor a pescado, era insoportable.

¡Volga, Volga - madre cariñosa! (Canción popular rusa)

Subimos a cubierta y, protegidos del frío por nuestros abrigos y gorros de invierno, nos sentamos en el suelo, tomamos como respaldo a un montón de salvavidas y nos dispusimos para dormir, pues el viaje duraría cerca de nueve horas.

Inna decía que jamás había visto en su vida paisajes más bellos e intrigantes que los del Volga nocturno de aquel día otoñal, todos ellos somnolientos e iluminados por una triste luna llena que rielaba en las serenas aguas del meandro de Samara. El susurro de estas aguas parecía querer hacer llegar a nuestros oídos los silbidos de los tropeles de Stepán Razin, o las melancólicas canciones de los sirgadores del Volga.

Nos despertaron los prolongados sonidos de la sirena del barco, que ya se acercaba al desembarcadero de Stávropol. Desembarcamos en la orilla izquierda del Volga donde una docena de "taxis" - carros descubiertos de cuatro ruedas tirados por dos caballos cada uno - esperaban a los pasajeros del barco.

Todos los carros pertenecían a un koljoz cercano que, en lugar de ocuparse de la agricultura, hacia business dando tremendos sablazos a los futuros constructores de la "hidroeléctrica del Comunismo" por llevarnos en sus "diligencias" hasta Stávropol.

Tal y como nos había aconsejado un simpático marino, Inna y yo corrimos cargados con nuestros bultos hacia los "taxis", ocupamos el primero de ellos y pedimos al cochero que se apresurase a llegar cuanto antes a la única isba-hostal que existía en la pequeña ciudad y en la que, según los rumores que circulaban, no había ya ninguna cama libre. Creíamos ser los mejor informados, pero los demás pasajeros del barco también conocían la situación en el hostal y achuchaban a sus cocheros para que fuesen los primeros en llegar a la deseada meta.

Los caminos hacia Stávropol y sus calles eran de arena fina y la polvareda que levantaron aquellos 24 caballos y las 48 ruedas de los carros era tal que nadie veía nada: los únicos seres vivos que se orientaban en aquella carrera de enloquecidos eran los caballos.

A pesar de haber sido los primeros en arrancar de la meta nuestro carro sólo ocupó el tercer puesto en aquella competición no anunciada. Y es que nuestro cochero - un niño de 13 o 14 años - por lo visto, ya era "viejo" para semejantes competiciones.

¡Bienvenidos, camaradas!

La fachada de la isba-hostal estaba adornada con una pancarta de tela roja en la que algún humorista había escrito con enormes letras blancas:

¡Bienvenidos, camaradas!

Los rumores resultaron ser ciertos: no había ninguna cama libre. La empleada del hostal - que tras un pequeño mostrador recogía y revisaba la documentación personal de los recién llegados - nos aconsejó ocupar con nuestros bultos unos metros cuadrados del suelo del pasillo de la isba, donde podríamos dormir arropados por unas mantas y apoyando nuestras cabezas sobre unas almohadas que ella - antes de acostarnos - nos daría por la noche. Nos advirtió que los retretes y los lavabos se encontraban en el patio.

Inna y yo nos precipitamos a ocupar los metros cuadrados que aquella buena mujer nos ofrecía en el corto pasillo, pues era indudable que de un momento a otro la oferta concluiría por falta de superficie.

Puesto que todavía era temprano fuimos a desayunar a la "Chainaya" de la ciudad, donde devoramos en unos minutos unas magníficas patatas hervidas con smetana (crema rusa de leche), un buen pedazo del sabroso pan de pueblo y un té. Antes de dirigirnos a la oficina del Departamento de personal del "Guidrostroy" todavía teníamos tiempo para realizar un breve paseo por las calles de nuestra nueva residencia. Y así lo hicimos.

Stávropol en el Volga

La ciudad de Stávropol - cuyo nombre se precisaba con la atribución "en el río Volga" para no confundirla con el otro Stávropol, situado en el Cáucaso del Norte - había sido fundada hacía más de 200 años. Su historia estaba enmarcada desde su ocupación por los destacamentos cosacos de las tropas de Pugachov durante la guerra campesina de 1773, su invasión por los agentes blancos de Kolchak en 1919, hasta el establecimiento del poder soviético en 1920.

Ahora en 1950 la ciudad de Stávropol estaba formada por 1.800 isbas de madera en las que entonces residían sus casi 11.000 habitantes.

Aunque se encontraba a ciento y pico kilómetros de Kúibyshev, capital de la región, no existía carretera alguna ni línea férrea que uniese las dos ciudades. Los aviones sobrevolaban Stávropol con desdén y sólo los barcos pequeños del Volga - al acercarse o alejarse del desembarcadero - saludaban con sus sirenas durante el medio año de navegación a los habitantes de aquella ciudad, alimentando sus esperanzas de que algún día todo cambiase.

Una preciosa y esbelta iglesia de ladrillo silicocalcáreo - construida con el dinero aportado por los creyentes - era el faro por el que se guiaban los carreteros al emprender sus rutas por la estepa. La argamasa de las paredes de la iglesia, para aumentar su resistencia, contenía yemas de huevos frescos donados por los parroquianos.

Nos impresionó el ver por las calles de la ciudad a numerosos oficiales del ejército, unos con hombreras encarnadas y otros con hombreras blancas, en las que se distinguían los emblemas de sus grados militares. Las primeras las vestían los soldados y oficiales del Ministerio de Asuntos Interiores de la URSS, más bien conocido como NKVD.

Las segundas indicaban que los que las lucían eran ingenieros y peritos militares, la mayoría de los cuales - a juzgar por su porte civil - hacía poco que vestían el uniforme.

En el Departamento de personal de la organización "Kúibyshevguidrostroy" nos recibió el jefe de la sección de los jóvenes especialistas. Nos dijo que lo primero que quería tratar con nosotros era el problema de nuestro futuro alojamiento.

El problema era alojar en las isbas existentes y en tiendas de campaña a todos los obreros y técnicos - que diariamente llegaban en grandes grupos - antes de que arremetieran los fríos vientos y las heladas. El invierno que se esperaba, según los pronósticos, sería bastante crudo.

Inna y yo deberíamos recorrer todo Stávropol - isba por isba - pidiendo a sus dueños nos alquilasen una habitación para que ambos pudiésemos pasar el invierno en ella. Los precios que los dueños pedían por el alquiler oscilaban entre 30-40 rublos y 3-4 metros cúbicos de leña al mes para cocinar y calentar la estufa de casa. La empresa "Kúibyshevguidrostroy" se hacía cargo tanto del alquiler como de la leña.

El jefe nos aconsejó no decir a nadie que teníamos una niña, pues en muchas isbas vivían jóvenes que ya tenían bastante con el ruido de sus numerosos críos. A su vez, los dueños de otras isbas ya eran abuelos, habían educado a una enormidad de hijos y nietos y el recuerdo de las algarabías de aquellos tiempos todavía les infundía miedo.

Luego el jefe nos enseñó desde la ventana de su gabinete la altiplanicie que se elevaba sobre Stávropol y afirmó que allí se construiría una nueva ciudad, pero que las primeras casas estarían terminadas no antes del verano del próximo año.

Inna y yo recorrimos unas 10 o 15 isbas hasta que, por fin, les gustamos a dos viejecitos que vivían solos. Ella era alta y enjuta de carnes y él - algo más bajo y calvo, con larga barba blanca - estaba mejor nutrido. Parecían una publicidad de los cuentos rusos clásicos. Al abrirnos la puerta del zaguán nos recibieron con una cariñosa sonrisa.

Panteleimón, que así se llamaba el viejecito, resultó ser el cura párroco de la bonita iglesia. Evdokía, su esposa, nos enseñó nuestro futuro cuarto, ocupado por una cama camera de hierro con somier de muelles. La puerta del cuarto se abría hacia adentro y, chocando con el borde de la cama, dejaba una estrecha abertura por la que, al acostarnos, debería pasar uno de nosotros, descalzarse, subir de pies sobre la cama para desnudarse y - solamente entonces - dar la señal para que el otro repitiera las mismas operaciones.

Dos horas después Inna y yo ocupábamos ya nuestro anhelado albergue. Como es costumbre rusa Inna les dijo que debíamos celebrar el estreno de nuestro nuevo domicilio y, con gran maestría, preparó en el horno casero una riquísima comida de platos uralianos. Nuestros invitados comieron con apetito y el vodka acompañó muy bien a los manjares: en la calle ya hacía frío.

Panteleimón y Evdokía, con mi consentimiento, me bautizaron provisionalmente con el hipocorístico Zhenya, de Eugenio, que - aunque no tenía nada que ver con el nombre de Virgilio ni con la lógica - les era fácil pronunciar.

La conversación durante la comida - que alargada por el vodka pasó a ser también cena - trató de nuestra familia, de lo que íbamos a hacer en Stávropol y de cuánto tiempo pensábamos residir en su casa. Era buena gente y no quisimos engañarlos: reconocimos que teníamos una preciosa hijita llamada María que sólo vendría cuando recibiésemos casa en la altiplanicie.

Panteleimón nos aconsejó que jamás participásemos en el intento de amansar el Volga - río madre de Rusia - pues de lo contrario Dios nos castigaría. Según el cura párroco, la guerra que la Alemania fascista desencadenó contra la Unión Soviética en 1941 fue el castigo impuesto por Dios al pueblo ruso, por haber intentado en 1939 comenzar los preparativos para la construcción de la hidroeléctrica en el Volga.

Cuando los ancianos se acostaron, Inna, bajo la débil luz de un quinqué, escribió una carta a nuestra Máshenka, que pronto cumpliría un año.

Chiquitina nuestra.

Te felicitamos en el día de tu primer cumpleaños. Papá y yo estamos todo el día pensando en ti. Sé buena y no nos olvides. Tu primer paso, tu primer balbuceo, tus primeros pequeños éxitos en la vida son nuestra felicidad...

A media noche un susurro de incomprensible procedencia nos obligó a encender la luz. Las paredes del cuarto estaban cubiertas de cucarachas. Inna, aterrorizada, pegó un salto y cambió de puesto en la cama: ahora sería yo el que durmiese pegado a la pared. No pegamos ojo toda la noche. Cuando por la mañana contamos a los dueños de la isba lo ocurrido, Evdokía nos dijo que no tocásemos a las cucarachas, pues eran seres vivos divinos.

El coronel Avraami Voronkov

Después de desayunar fuimos al mercado en el que, a precios prohibitivos, los koljosianos vendían a los constructores de la hidroeléctrica productos de fabricación casera y prendas de abrigo de piel de borrego, entonces muy de moda.

Entre las filas de los vendedores resaltaba la simpática figura de un tipo rechoncho - vestido con pantalones militares, botas de montar a caballo y una pelliza con hombreras encarnadas de coronel - que les preguntaba los precios de los productos que vendían y, al oírlos, soltaba ráfagas de frases abochornantes, dirigidas a los vendedores más descarados.

El coronel era Avraami Grigóryevich Voronkov, jefe del Departamento Político de la organización "Guidrostroy", fervoroso y genuino tribuno de masas, comisario que participó durante la guerra civil rusa en la derrota del Ejército Blanco del general Vránguel en el istmo de Perekop, que une la península de Crimea con el continente. Voronkov había visto y oído al propio Lenin cuando éste presentó a los representantes de los Sóviets nacionales el Plan de electrificación de la joven Rusia.

Hombreras blancas y encarnadas

Es de esperar que al lector ya le ha hayan surgido dos preguntas lógicas:

¿Por qué había en una de las Construcciones gigantes del Comunismo de aquella época staliniana tantos ingenieros con hombreras blancas? y ¿qué hacían en aquella Construcción los soldados y oficiales con hombreras encarnadas?

Los primeros, es decir, los ingenieros con hombreras blancas, eran experimentados especialistas que antes de venir a Stávropol a construir la hidroeléctrica trabajaban en las diversas esferas de la economía nacional. Se les movilizaba a estos especialistas a las filas del Cuerpo de ingenieros del ejército, conservando los grados que ellos tenían como oficiales de la reserva. Sólo las hombreras blancas permitían duplicar sus ingresos, agregando a sus míseros sueldos de ingenieros civiles la paga por sus grados militares.

Los militares con hombreras encarnadas, eran los soldados y oficiales de las fuerzas de la NKVD que custodiaban a los presos - comunes y políticos - que participaban en las diversas labores de la Construcción. El Ministerio del Interior estaba encargado por el Gobierno de realizar las principales "Obras del Comunismo" que entonces se ejecutaban en la URSS.

Sólo ahora, transcurridas muchas décadas, lo veo con claridad. Entonces aquello era un cuadro habitual de la vida soviética, que frecuentemente pasaba por el filo entre la libertad y el Gulag.

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