Menu

Capítulo VII. La hidroeléctrica de Kúibyshev. Parte 2

El primer invierno en el Volga

Los días de aquel invierno de 1950-1951 eran larguísimos. Los alargaban aún más el permanente rugido de los vientos helados procedentes del Volga y la débil luz del quinqué que, debido a la temprana oscuridad de los días invernales en aquellas latitudes, se prendía muy temprano.

 

En mi trabajo en la empresa "Guidrostroy" figuraba, entre otras obligaciones, el control de la edificación de los primeros chalets y casas de madera para los constructores de la hidroeléctrica. Era allí donde, periódicamente, me reunía con Mikhail Sorokin - arquitecto y autor del proyecto del poblado -, que velaba para que los obreros no talasen sin necesidad ninguna planta en aquel frondoso bosque de la altiplanicie. Fumando un cigarrillo, comentábamos el problema que más nos preocupaba a los dos: ¿nos concederían a nuestras familias una habitación en alguna de aquellas casas?

Mijail Sorokin, Inna, Liusia Sátina y Virgilio de los Llanos Más

En la foto, de derecha a izquierda, Mijail Sorokin, Inna, Liusia Sátina y el autor en un paseo por el maravilloso bosque mixto de la altiplanicie de Stávropol en el río Volga

Mikhail y su esposa Nina, también ingeniera, se encontraban en la misma situación que nosotros y habían dejado a su pequeña hija Olga con los padres de Nina, en la región contigua de Sarátov. Según nuestros cálculos las casas estarían terminadas para la primavera, y si nos concediesen una vivienda en ellas - puesto que en el mes de mayo se abría la navegación por el Volga - traeríamos inmediatamente a María y Olga.

Imitando al timonel

Tanto el trabajo de Inna como el mío eran abrumadores. Las obras se ejecutaban en tres turnos de 8 horas, y el personal de las oficinas centrales trabajábamos de acuerdo con el horario que entonces regía en el aparato del Ministerio del Interior: de 9 de la mañana hasta las 6 de la tarde - con un descanso de una hora para comer - y desde las 9 de la noche hasta media noche.

Decían que este era el horario por el que trabajaba Stalin en el Kremlin.

Los sábados eran laborables. Los domingos descansábamos.

Yo era el encargado de madrugar y preparar en la caseta baja de madera - oculta en un extremo del patio y que los dueños con orgullo llamaban "baño" - todo lo necesario para que primero Inna y yo, y después Panteleimón y Evdokía, pudiésemos tomar un baño de vapor y agua caliente.

La preparación consistía en llenar con agua del pozo una enorme cuba de madera instalada en el interior del baño, traer leña y atizar la lumbre del fogón, hasta que hirviese el agua del perol metálico empotrado en él y empezasen a crujir unas grandes piedras que allí se calentaban y producían vapor al regarlas con agua fría.

La tecnología del lavado no era tan fácil como pueda parecer. Desde el vestuario pasabas al interior del baño y, con un cazo en una mano - que llenabas a tu gusto de una mezcla de agua caliente del perol y fría de la cuba - y un estropajo enjabonado en la otra, comenzabas a lavarte. La estrechez de aquella caseta y las numerosas operaciones que te veías obligado a realizar con las manos hacía que, sin querer, éstas rozasen con las paredes del baño, tiznadas de hollín desde su niñez. Y, por mucho cuidado que tuvieses, salías del baño pintarrajeado de negro.

La primera vez que Inna y yo nos bañamos nos moríamos de risa al mirarnos uno al otro: parecía que nos habíamos arreglado para una carnavalada. Tuvimos que revolcar nuestros cuerpos en la blanca nieve del patio.

Después del desayuno Inna comenzaba a preparar alguna comida de fiesta, pues siempre teníamos invitados. Nos reuníamos con nuestros mejores amigos, comíamos y... nos entregábamos a la discusión de los problemas del trabajo. Transcurridos muchos años un amigo checo nos dijo un día que

los rusos viven para trabajar, mientras que en el resto del mundo la gente trabaja para vivir.

Aquello era verdad y, por lo tanto, dicha frase nunca ofendió a ningún ruso: la historia de este pueblo, tan bueno y laborioso, está vinculada a permanentes construcciones y reconstrucciones de su economía nacional.

Nuestro amigo Rem Nikitin

Casi todos los domingos venía a comer con nosotros Rem Nikitin, uno de los primeros ingenieros mecánicos que llegaron a la Construcción.

Era un excelente muchacho de aguda inteligencia y educación, y tan romántico como todos nosotros. Su afición era crear. Entonces estaba ocupado en la elaboración del proyecto de un trineo metálico universal para transportar hasta la altiplanicie, sin tener que desarmarlas, las isbas de las zonas que inundaría el nuevo mar cuando cerrásemos el cauce del Volga.

El jurado del concurso organizado bajo el lema "¿Quién es mejor?" discernió el primer premio al proyecto de Rem. Pero, desgraciadamente, el joven ingeniero mecánico no llegó a ver cómo transcurridos dos años las isbas se mudaban en el trineo que había proyectado: aprendiendo solitariamente a nadar, un día se ahogó en una de las lagunas abiertas por una de las gigantes dragas aspirantes.

La nueva vida en la altiplanicie

Un día del mes de marzo de 1951, se nos comunicó la agradable noticia de que la Comisión Distribuidora de las viviendas que se construían en la altiplanicie nos había concedido a Inna y a mí - como familia de jóvenes especialistas - una habitación en un chalet del poblado para los técnicos e ingenieros de la orilla izquierda. Nuestros vecinos serían la familia del arquitecto Mikhail Sorokin.

Mientras tanto, en la orilla derecha del Volga - en la falda de los montes Zhigulí - en noviembre comenzarían los trabajos hidrotécnicos más serios de la hidroeléctrica. En el corto plazo de 140 días estábamos obligados a estrechar en casi 400 metros la anchura del cauce del Volga, construyendo una ataguía de piedra, tierra y metal cuyo perímetro sería de casi kilómetro y medio de longitud.

Esta ataguía debería resistir en la primavera el empuje de los enormes bloques de hielo, desgarrados del caparazón invernal del río, y de los hasta 75 mil metros cúbicos de agua por segundo que por aquí transportaría el Volga durante la crecida primaveral.

Bajo su protección levantaríamos en el transcurso de 4 años el edificio de la sala de máquinas de la hidroeléctrica. A mí me propusieron ocupar el puesto de realizador - stárshiy prorab - de la ataguía frontal. Antes - junto a otros constructores - tenía que visitar las obras del canal Volga-Don, la hidroeléctrica de Tsimlyansk, la construcción de la Universidad de Moscú en los Montes de Lenin y algunas grandes obras en la República de Bielorrusia. Después de practicar un par de meses en estas obras nos sería más fácil acometer con los trabajos de la ataguía.

Los chalets que se habían construido en la altiplanicie eran magníficos: una diferencia de altitudes terrestres de menos de cien metros parecía separar dos mundos, el Stávropol en el Volga del Pasado y el Stávropol del Futuro.

Las nuevas viviendas ya tenían agua corriente (fría y caliente), canalización de las aguas residuales, gas ciudad, electricidad y teléfono. Las calles estaban asfaltadas y el verdor cubría las casas. Pronto comenzarían a funcionar el club "Guidrostroítel", la Policlínica, las tiendas. Los inquilinos de las nuevas casas éramos una amalgama de entusiastas de edades muy diversas creyentes en un porvenir radiante que - no dudábamos - ya estábamos edificando.

Cuando Inna y yo abandonamos la isba del viejo Stávropol para pasar a vivir a la altiplanicie Panteleimón y Evdokía nos despidieron con lágrimas: durante los ocho meses de nuestra convivencia nos habíamos avenido muy bien.

Sé que surgirá la ciudad... (Vladímir Maiakovski)

El 9 de mayo de 1951 todo el pueblo soviético festejaba el 6º aniversario de la victoria sobre el fascismo alemán. En todas las unidades de la Construcción este día se realizaría un voskrésnik - domingo rojo.

En las unidades de la orilla izquierda el voskrésnik serviría para plantar árboles frutales en los huertos de las nuevas casas y en sus setos.

Mientras Inna y Nina Sorókina, con la ayuda de Rem, hacían los preparativos para festejar el Día de la Victoria, Mikhail y yo nos sentamos en su coche de servicio e, inesperadamente para nuestros queridos ancianos Panteleimón y Evdokía, fuimos a su isba a invitarles a comer con motivo de la fiesta y del estreno de nuestro nuevo domicilio. Por el camino, recorreríamos en el coche los lugares más pintorescos de la altiplanicie.

Evdokía, llorando de alegría y con un poco de miedo - pues jamás en la vida había montado en automóvil - abrió el arca secular, objeto familiar que se abría en casos excepcionales, y sacó de allí el traje con chaleco de fiesta de Panteleimón, su sarafán, la blusa y un abigarrado pañuelo de cabeza. El agudo olor a naftalina, que acompañaba a las prendas de vestir, atestiguaba que éstas sólo se vestían exclusivamente en los días de las grandes fiestas, poco frecuentes en la vida de la familia del cura párroco.

Hacía un espléndido día de primavera y la fragancia de la altiplanicie, ya liberada por el sol del manto de nieve invernal, parecía ser un divino regalo que la bondadosa Naturaleza ofrendaba a todos - muertos y vivos - en este día de Paz.

Recorrimos en coche las calles del nuevo poblado y, acompañados de las incesantes exclamaciones dirigidas a Dios - que Panteleimón y Evdokía lanzaban al ver aquella maravilla de bosque mixto virgen, entre cuyos árboles a veces distinguíamos las siluetas de esbeltos alces - llegamos al linde entre el bosque y un vasto campo cubierto de campanillas de las nieves.

Mikhail sacó un plano del bolsillo y comunicó a nuestros ancianos que precisamente nos encontrábamos en el terreno que ocuparía la nueva ciudad de Stávropol en el Volga. Aquí se debían trasladar todas las isbas situadas en la zona de inundación antes de que cerrásemos el cauce del río. Mikhail les dijo que, a su parecer, este era el lugar más propicio que debería ocupar la isba de Panteleimón y Evdokía y, que si les gustaba, él - como autor del proyecto - lo reservaría para ellos. ¡El anciano cura párroco de la vetusta ciudad de Stávropol en el Volga tenía derecho moral a esta prioridad por haber conservado en tiempos tan difíciles la fe de los creyentes locales en su divina patria Rusia!

Panteleimón ya no dudaba de que el río madre de Rusia serviría a su pueblo y que Dios - como Creador - jamás castigaría a los constructores de la hidroeléctrica. Mikhail trazó una cruz en una cuadrícula de su plano e hizo unos apuntes: ello significaba que en el Día de la Victoria Panteleimón y Evdokía, aunque por ahora sólo en los planos, también podían celebrar la fiesta del estreno de su nuevo domicilio.

Además, ya hacía varios meses que los tres hijos de los ancianos estudiaban en diversos cursos en los que se preparaban a los futuros obreros de la Construcción. Iván - el mayor - estudiaba para conductor de volquetes pesados; Grigóriy - el mediano - cursaba mecánica para ocupar el puesto de tripulante en una de las gigantes dragas aspirantes; y la hija menor - Tatiana - terminaba unos estudios de contabilidad.

En general, los cambios que habían sucedido entre la población de Stávropol y sus alrededores en los escasos 9 meses de la construcción eran muy notables.

Muchos de aquellos koljosianos que en octubre de 1950 daban en el mercado algún sablazo que otro a los ingenuos constructores forasteros, ahora ya vestían los uniformes de obreros y - con sus caballos y carros - participaban en el levantamiento de los terraplenes para una carretera de más de cien kilómetros de longitud que nos uniría con Kúibyshev - capital de la región - y para dos líneas férreas que, en ambas orillas del Volga, empalmarían las vías internas de la construcción con la red estatal de ferrocarriles.

Es imposible describir las impresiones de Evdokía al ver el confort del chalet, sobre todo el baño, el wáter y la cocina. Ella, - que había vivido sus 70 años en su Macondo ruso - ahora saboreaba el futuro próximo en su isba-viajera cuando ésta - en un trineo del constructor Rem - llegase a la Nueva Ciudad, a aquella cuadrícula que indicaba el lugar del inolvidable paisaje que ellos habían visto con sus propios ojos.

Rem leyó los sonoros párrafos de una cuarteta del poeta Maiakovski:

... Yo sé que surgirá la ciudad,

Yo sé que florecerá el jardín,

Puesto que en el País Soviético

Tenemos gente como ésta...

Nos hicieron entrega a cada uno de los recién llegados de un plantón y de una pala. Metimos los plantones en los hoyos ya preparados y, bajo el aplauso de los presentes, los rellenamos de tierra y los regamos. Inna y yo acabábamos de cumplir el segundo legado de nuestros antepasados: ya teníamos una niña y habíamos plantado un árbol. Restaba sólo escribir un libro.

Nuestra hija ya está con nosotros

Los padres de Inna llegaron a Stávropol con María en el primer barco de pasajeros que abría la navegación en nuestro tramo del río Volga.

Alexandr y Klavdia ya nos habían visto y nos saludaban con las manos, procurando hacer comprender a nuestra hijita que aquellos dos jóvenes que tan nerviosos esperaban en la orilla del Volga eran sus padres. La niña nos miraba muy seria y no parecía querer reconocernos.

Abrazos, besos, lágrimas y sonrisas y, al poco tiempo de estar juntos, a petición de sus abuelos, Máshenka pronunció las dos palabras con las que nosotros tanto habíamos soñado en las largas noches del crudo invierno de 1950-1951: mamá y papá.

1 1 1 1 1 1 1 1 1 1 Rating 0.00 (0 Votos)

Ud. no forma parte todavía de nuestro Club. Y por lo tanto, ¡no puede dejar sus comentarios!
Tiene que registrarse antes en el Club

Cómo se inició todo esto...

La historia de nuestro país PereXilandia tiene sus raíces en un pequeño territorio virtual donde hemos abierto en su día el primer Portal de PereXilandia.

Con el tiempo hemos crecido mucho y hoy en día ocupamos ya varios territorios del Internet con varios Portales temáticos correspondientes.

Y en nuestra "patria pequeña" está ubicado ahora algo parecido al "Índice" de todo aquello de que disponemos en el espacio virtual. ¡Puede visitarlo!

Página inicial del Portal PereXilandia.com

¿Está al corriente?

Disponemos ya de otro territorio virtual de nuestro país PereXilandia donde tratamos varios temas sobre la vida real en España y Rusia igual que en otros países del mundo.

Es cierto que el idioma principal de aquel Portal es el ruso ya que son muy activos los visitantes que dominan aquel idioma.

¡Pero creemos que el famoso traductor automático de Google instalado en todas las páginas de nuestros Portales puede servirle de gran ayuda!

Página inicial del Portal PereXilandia.org

Para vuestra información...

Actualmente hemos abierto un territorio virtual más para tratar allí varios asuntos culturales de nuestro interes y favorecer la creatividad de todos aquellos que no encontraron aún por Internet sus sitios adecuados.

Avisamos de nuevo que el idioma principal de este Portal es el ruso.

¡Pero igualmente podrá usar allí el traductor automático de Google instalado en todas las páginas de nuestros Portales! Para entender lo más importante, por lo menos...

Página inicial del Portal PereXilandia.net