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Capítulo VII. La hidroeléctrica de Kúibyshev. Parte 3

Un realizador de obras

El 12 de noviembre de 1950, de acuerdo con la orden del Jefe de la Construcción - general del cuerpo de ingenieros Iván Komzín - pasé a trabajar al "Distrito hidrotécnico de la orilla derecha" en calidad de starshiy prorab, es decir, realizador superior de la ataguía frontal.

 

Una vista general de la ataguía en el período de su construcción

En la foto: una vista general de la ataguía en el período de su construcción

Con este paso a la ejecución directa de las obras de aquella Construcción - a las que dedicamos diez años de nuestra vida - comenzaba una década abrumadora y muy saturada de acontecimientos que fueron decisivos en nuestra futura formación espiritual y profesional.

Los ritmos de trabajo - que normalmente deberían quedar determinados por la ingeniería y las dificultades técnicas reales con las que tropezábamos - frecuentemente estaban dictados por los dirigentes del PCUS, y eran agobiantes. El silencio conformista de los sindicatos soviéticos, "las escuelas del Comunismo" que - como decía un buen amigo mío -"siempre estaban de vacaciones" - permitía que aquello fuese así.

Las ritualidades de las solemnes fechas soviéticas esperaban de los colectivos de trabajadores el cumplimiento de nuevos "compromisos socialistas". Estos "compromisos" eran los "regalos" al Politburó que - en los monótonos discursos de los dirigentes políticos - se convertían en fanfarronerías. Los comisarios políticos de nuestra empresa - encabezados por Avraami Voronkov - estaban obligados, por los puestos que ocupaban, a ser buenos "regaladores", y no cesaban de inventar consignas para movilizar una vez más a los obreros y dirigentes técnicos, todos ya indiferentes ante los nuevos y aburridos slogans de letras blancas sobre material rojo, que abundaban en los puntos dominantes de las obras.

Mientras tanto, la pared metálica de tablestacas de la ataguía - que debía resistir el empuje e impedir la filtración de las elevadas aguas primaverales al profundo foso que se abría tras ella para erigir el edificio de la sala de máquinas - avanzaba a ritmos más lentos que los precisos. Ya funcionaban todos los martinetes - sobre carriles y flotantes - de que disponíamos, pero eran las tablestacas de acero especial - de medio metro de anchura, un centímetro de grosor y veinte metros de longitud - las que no resistían las martilladas que éstos asestaban.

Tal era la resistencia a ser penetradas que ofrecían las piedras del lecho del Volga.

Los métodos más modernos que empleábamos para hincar las tablestacas con ayuda de potentes vibradores no daban los resultados esperados: las tablestacas se doblaban por sus cabezales y frecuentemente se desgarraban. Día y noche todo el personal, obreros y técnicos, buscábamos la forma de someter el lecho del río a nuestras intenciones.

El Ingeniero Jefe de la Construcción coronel Sháposhnikov, el jefe del sector capitán Cherviakov y el autor analizan la situación en la construcción de la ataguía

En la foto, de izquierda a derecha, el Ingeniero Jefe de la Construcción coronel Sháposhnikov, el jefe del sector capitán Cherviakov y el autor - realizador de las obras - analizan la situación en la construcción de la ataguía

¡Recuerdo que durante aquellos 140 días sólo dos veces logré alcanzar la orilla izquierda para estar unas horas con mi familia!

Una de ellas fue la noche del Año Nuevo de 1952. Las doce campanadas del reloj de la Torre Spásskaya del Kremlin me sorprendieron por radio en el cuarto de baño cuando todavía no había terminado de afeitarme. Allí, en el baño, brindé con todos y bebí la copa de champan.

Me miraba al espejo y no me conocía: una máscara de color marrón cubría la superficie de mi rostro no protegido por el gorro de piel. Era una huella en la piel de mi cara del riguroso aire colado que día y noche, indistintamente, nos azotaba a todos los realizadores de las obras.

La "carga" del comisario Voronkov

Pero, como confirma la sentencia popular española, "¡éramos pocos y parió mi abuela!" Los comisarios políticos de nuestra empresa constructora - cuando sólo restaban 40 días de los 140 concedidos por el gráfico general para la ejecución de las obras - "descubrieron" la verdad de Perogrullo, que en este caso consistía en que la línea de combate con el enfurecido Volga pasaba por la ataguía de la orilla derecha del Volga. Y, según ellos, había que reforzar esta línea con su presencia alentadora.

El Jefe del Departamento Político, coronel Avraami Voronkov, sería el abanderado de la ataguía frontal, que se consideraba ser la más peligrosa; el Ingeniero Superior de la Construcción, Nikolay Sháposhnikov, "reforzaría" los trabajos de la cabeza protectora, que unía la ataguía frontal con la longitudinal; y el general de hombreras encarnadas, Trúbnikov, sería el "inspirador" de esta última y de la ataguía inferior.

Eran tres altos dirigentes de la Construcción, tres hombres de edad madura que en realidad representaban a tres fuerzas reales existentes en la Unión Soviética.

Voronkov representaba a los bolcheviques realizadores de la Revolución Socialista de Octubre; Sháposhnikov era el prototipo de los intelectuales nobles de puro linaje que compartían los destinos de su pueblo mártir; Trúbnikov era uno de los ignominiosos lacayos de ambiciosos políticos.

La escala real de un viejo bolchevique

El coronel Voronkov llegó a la ataguía frontal acompañado de su ayudante y de un simpático teniente, que resultó ser el pintor-decorador del Comité Político.

Los recibí en la puerta de la caseta de madera, situada en la misma ataguía, que me servía de despacho, cobijo y, a veces, de dormitorio. Aunque yo - como la inmensa mayoría de los realizadores de las obras - era un ingeniero civil, Voronkov me saludó al estilo militar y con tono severo ordenó:

¡Reúna a todo el estado mayor de la ataguía frontal!

No tuve que transmitir esta orden a nadie, pues junto a mí se encontraban presentes mis dos únicos colaboradores: el ingeniero Alexandr Artamónov y la técnica Lyudmila Nóvikova. En la caseta, Voronkov se sentó en uno de los dos bancos de madera, abrió su portaplanos de cuero, sacó el plano de la ataguía y me ordenó:

¡Márqueme el desplazamiento de esas mierdas de máquinas que arman tanto ruido y trabajan tan mal!

Comprendí que el coronel había elegido en su vocabulario de combate esa frase humillante con el fin de eludir una conversación técnica que le pondría en un apuro. Abrí el plano que me había entregado y, con la punta de un lápiz, señalé en él cuatro puntos que indicaban los lugares de los cuatro martinetes.

La escala del plano que utilizaba el coronel era de 1:2000 (un milímetro en el plano correspondía a 2 metros en el terreno). Enseguida comprendí que aquel plano sería la manzana de la discordia entre aquel caballero de la guerra civil, acostumbrado a recorrer a galope con el sable desenvainado kilómetros en busca de un enemigo visible, y nosotros, acostumbrados a meditar y trabajar sin descanso día y noche para ganar al río Volga unos metros de su invisible fondo.

Voronkov contempló con desprecio aquellos cuatro puntos y mirando a su alrededor preguntó con voz airada:

¿Por qué no se ha reunido todavía el estado mayor de la ataguía frontal?

Le respondí que todo el estado mayor está aquí reunido, y le presenté a Artamónov y Nóvikova. Voronkov quedó definitivamente decepcionado.

¡Él, Comisario del Primer Ejército de Caballería del legendario Mariscal Budyonny que - colocando su caballo al frente de la cabalgada - tantas arengas había dirigido a miles de jinetes antes de comenzar las ofensivas, ahora se veía obligado a arengar, sin saber cómo y para qué, a tres jóvenes ingenieros civiles!

Aquello era insoportable y no lo hizo. ¡Su orgullo no se lo permitía! Se levantó del banco, ordenó al pintor - decorador que permaneciera allí, para que por la tarde ya ondeasen en las torres de los cuatro martinetes nuevas consignas políticas, y se despidió de nosotros a lo civil, dándonos la mano y abrazándonos a cada uno.

Había que prepararse para el día siguiente: Avraami Voronkov nos había advertido que mañana a las 9:00, hora de Moscú, nos reuniremos los seis para analizar los resultados de la jornada de trabajo.

¡El término "estado mayor" ya se había evaporado del vocabulario del coronel!

Le pedí a Lyudmila que preparase cuatro rollos de papel cuadriculado en los que, en escala 1:1 (un metro en el papel correspondería a un metro en el terreno), debería dibujar las secciones de las tablestacas que, según el proyecto, restaban por hincar en los tramos de la ataguía con cada uno de los cuatro martinetes.

La noche transcurrió sin novedad alguna. Aunque no pegamos ojo los resultados fueron los de siempre: cada martinete había hincado de 2 a 3 tablestacas, es decir, cada uno de ellos se había aproximado a la ataguía longitudinal - meta de nuestro trabajo - en un metro o metro y medio. El pintor decorador también había trabajado toda la noche y en las torres de los martinetes ya ondeaban nuevas pancartas: "¡Gloria al PCUS!", "¡Viva la clase obrera!" y "¡Viva el camarada Stalin!".

Eran "refuerzos ideológicos" incapaces de ablandar el fondo rocoso del Volga, forjar aún más las tablaestacas metálicas o aumentar la eficacia de los martinetes. Es más, irritaban a la gente, especialmente al contingente de presos políticos y comunes que, junto con todos nosotros, trabajaban en aquella zona.

Voronkov llegó con la puntualidad de un viejo militar: a las 9.00 hora de Moscú.

Nada más saludarnos sacó el plano de la ataguía frontal y - tal como yo esperaba - me ordenó señalar en él los desplazamientos de los martinetes durante la jornada pasada. Le dije que en la escala de aquel plano, digno de estar en algún museo, era imposible marcar la nueva posición de los martinetes. Bramando de furia Voronkov exclamó:

¿De qué escala me habla usted? ¡La crecida primaveral comenzará dentro de unas semanas, los martinetes no avanzan y usted me quiere adormecer con su invento de la escala!

Sin dejar que el coronel enfureciese aún más hice una seña a Liudmila y comenzamos a desenrollar en la mesa el primer carrete de papel cuadriculado.

En él las tres tablestacas clavadas en el turno de noche con el martinete Nº 1 estaban dibujadas en escala natural y, pintadas de rojo, parecían muy bonitas. Liudmila situó la silueta del martinete Nº 1 con línea de trazos ante los ojos de Voronkov y con increíble agilidad y gracia - señalando con la punta de un palito los contornos de las tablestacas y del martinete a medida que yo pronunciaba las palabras

aquí se encontraba el martinete al comenzar el turno, clavó las tablestacas números tal, tal y cual y ahora el martinete ya se encuentra aquí, clavando esta nueva tablestaca

- ella se desplazó lentamente a lo largo de la mesa en un metro y medio. El coronel, fascinado por el recorrido del palito, se levantó inconscientemente del banco y volvió a sentarse en él sólo después de haberse desplazado un metro y medio, igual que lo había hecho el martinete Nº 1 durante el turno de noche.

La cara de Voronkov expresaba el deseo de que prosiguiese aquel agradable, espectáculo. Su ayudante sonreía. Mientras yo informaba respecto al desplazamiento del martinete Nº 2 Voronkov, siguiendo atentamente con la vista la punta del palito mágico, de nuevo se levantó del banco y volvió a sentarse en él un metro más adelante. El carrete del martinete Nº 3 desplazó al comisario casi hasta el extremo del banco. El último carrete, pidiendo disculpa al coronel, lo comenzamos a desenrollar ya en el suelo de la caseta. Su longitud era sólo de cuatro metros y medio, y si el coronel hubiese deseado ver en la escala real el desplazamiento nocturno total de los martinetes - ¡y yo creo que lo deseaba! - hubiésemos tenido que desenrollar el último carrete en la calle, donde por cierto soplaba un viento terrible.

El pintor-decorador trabajaba con empeño, y en la torre del 4º martinete ya ondeaba una pancarta que decía:

¡Constructor, la riada llegará dentro de ... días! ¿Estás preparado para recibirla?

Cada día, en lugar de los puntos suspensivos, algún ayudante del decorador pintaría las cifras 35, 34, 33, etc. hasta que llegase el desagradable torrente de agua y hielo.

Aquella pancarta se alzaba sobre nuestras cabezas como la espada de Damocles.

Por la noche Inna, como de costumbre, me llamó por teléfono desde casa. Me dijo que había participado en una reunión del aparato central de la Construcción; que en esa reunión había intervenido el coronel Voronkov y que - entre otras cosas - había criticado duramente a los ingenieros del Departamento Técnico por haberle dado a él un plano en la misma escala en que los burócratas del Departamento trabajaban.

Tanto yo como todos los obreros e ingenieros que realizamos las obras allí, en la ataguía frontal, trabajamos día y noche en la escala real del tiempo y de las dimensiones.

Mientras que en nuestras reuniones matutinas desenrollábamos y enrollábamos ante Voronkov los carretes con los resultados del trabajo diario, el coronel Sháposhnikov, uno de sus dos "rivales" en la emulación socialista, estudiaba serenamente las propuestas técnicas del capitán Martirósov - realizador superior del encajonamiento - y tomaba las decisiones oportunas. El capitán Konstantín Martirósov era seis años mayor que yo y tenía una gran experiencia. En 1941, al comienzo de la guerra, había construido fortificaciones en las cercanías de Moscú; en 1942, siendo ingeniero de regimiento en el Ejército del mariscal Chuykov, luchó en las calles de Stalingrado contra los alemanes del Ejército de Paulus. Más tarde, a la cabeza de un batallón de zapadores, camino de Berlín, forzó los ríos Dniéper, Dniéster, Bug, Vístula, Odre y Spree. Me unía a Konstantín Martirósov una sincera amistad y, en aquellos agitados meses del "estrechamiento" del Volga, aprendí mucho de él.

La "escala moral" del general Trúbnikov

El que lo pasaba peor era mi amigo Mayeslav Satin, realizador superior de las ataguías longitudinal e inferior.

Nuestro amigo Mayeslav Satin con su esposa, el autor e Inna

En la foto, de izquierda a derecha, Mayeslav con su esposa, el autor e Inna

El general de hombreras encarnadas Trúbnikov - tercer "refuerzo" enviado a la ataguía de la orilla derecha del Volga por el Comité Político de la Construcción - tenía una sola especialidad: humillar al ser humano.

Mayeslav, leningradense de amplia cultura, quiso informar al general de la situación técnica existente. Tenía problemas con una enorme cuña de hielo que habían descubierto en la base de la ataguía inferior y que era necesario liquidar cuanto antes, pues retenía los trabajos. En vano intentó Mayeslav que Trúbnikov se dignase escuchar a un teniente del cuerpo de ingeniería de 23 años de edad. El general ordenó a su ayudante que reunieran por la tarde en la zona residencial a todos los presos que trabajaban en la ataguía y que invitara a la reunión a los ingenieros y técnicos responsables de la obras.

Martirósov, Mayeslav y el autor de este libro llegamos a la reunión con antelación. Las primeras filas del club estaban reservadas para los dirigentes de las obras. Los presos ya ocupaban sus asientos y esperaban con impaciencia que comenzase cuanto antes aquel "agolpamiento" - como llamaban a la reunión en su jerga - del que no esperaban nada bueno.

Llegó por fin el esperado general. Sin saludar a nadie subió al escenario, alzó la vista para echar una turbia mirada a todos los presentes y pronunció con voz opaca:

¡Cuánta gente! ¡Si trabajaseis como es debido, todas las tablestacas ya podrían estar hincadas con las manos, sin necesidad de emplear martinetes!

Nadie - excepto el general de hombreras encarnadas Trúbnikov - hubiese sido capaz de decirnos a aquellos centenares allí presentes de gente trabajadora, tal mezquindad. Alguien de los presos gritó desde las últimas filas:

¡Pruebe usted a hacerlo!

Trúbnikov saltó del escenario hecho una fiera y - acompañado por si acaso de un grupo de oficiales carceleros - se abalanzó sobre un preso, le agarró por las solapas de su chaquetón acolchado preguntando a voz en cuello si él era el de autor de la réplica. El preso respondió con dignidad y voz cansada que no había sido él. Trúbnikov, sin soltarle, le preguntó qué sentencia cumplía. Al oír que el castigo era de 25 años de cárcel - pues era un preso político - le zarandeó en el sitio y, echando espumarajos por la boca, le desahució diciendo que la pena era demasiado humana.

Después de repetir la misma escena con tres o cuatro presos más que él mismo elegía al tuntún, Trúbnikov subió de nuevo al escenario y con repeluzno gritó:

¡Todos a la mierda!

La reunión para "reforzar" los trabajos en la ataguía longitudinal había concluido.

El general nos había despachado a todos en 25 minutos. Tal era la única "escala moral" que el general de hombreras encarnadas Trúbnikov - degradado años después a soldado raso por sus "hazañas" - conocía.

Los pronosticadores del tiempo se equivocaron: la avenida de las aguas primaverales llegó con una semana de retraso. Aquella semana fue una salvación y pudimos "remendar" los defectos que descubríamos en la pared impermeable metálica.

El único que criticaba a los pronosticadores era el pintor-decorador del Comité Político al que le había invadido la melancolía: la pancarta de la torre del 4º martinete estuvo toda una semana anunciando que, según ella, la riada ya tenía que haber irrumpido. Menos mal que todavía nadie de nosotros la percibía. Pero al final llegó aquella temerosa y creciente mezcla de agua y enormes bloques de hielo que arrasaba todo lo que se encontraba a su alcance. Día y noche los puestos de control vigilaban los puntos más vulnerables de las ataguías.

La ataguía frontal - segunda ataguía en mi vida de ingeniero - resistió el embate de la riada de primavera.

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