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Capítulo VIII. En la Isla de la aurora purpúrea. Parte 2

Con mi Ministro, el Comandante Che Guevara

Todavía el proyecto de la termoeléctrica de Mariel no está terminado pero el Che, a pesar de sus numerosas preocupaciones, es el primero que - acompañado del capitán Gómez Trueba, Director de la "Empresa Consolidada de la Electricidad" - pisa el territorio de la futura planta.

La foto que guardo me vuelve a la memoria la figura de uno de los hombres que más impresión me han causado en la vida. Su mirada abierta, benévola y penetrante es difícil de describir.

 

Oyendo nuestras explicaciones parecía como si no se encontrase en un campo raso en el que, con el tiempo y a pesar de las dificultades de la Crisis del Caribe, surgiría la primera termoeléctrica de la Cuba Socialista, sino que ésta ya funcionaba y él, eterno soñador del bienestar humano, visitaba sus instalaciones.

El Comandante Ernesto Che Guevara con un grupo de especialistas cubanos y soviéticos. De cara a la cámara - el autor del libro

En la foto: el Comandante Ernesto Che Guevara con un grupo de especialistas cubanos y soviéticos. De cara a la cámara - el autor del libro

Otra fotografía de mi archivo. El Comandante Ernesto Che Guevara examina atentamente las primeras estructuras ya instaladas en la sala de máquinas de la termoeléctrica.

De izquierda a derecha, un montador de piezas prefabricadas, el ingeniero mecánico hispano-soviético Antonio, el Comandante Ernesto Che Guevara, Enrique Zamorano y el autor del libro

En la foto, de izquierda a derecha, un montador de piezas prefabricadas, el ingeniero mecánico hispano-soviético Antonio, el Comandante Ernesto Che Guevara, Enrique Zamorano y el autor del libro

Se admira de la magnitud de la obra, de los hombres que la edifican. Hombres que durante el día trabajan y al anochecer se convierten en combatientes que, en sus trincheras, esperan un posible desembarco desde los numerosos barcos estadounidenses que intentan bloquear a Cuba.

Recuerdo como el Jefe de su escolta, estando un poco nervioso al ver cómo el Che se confundía entre todos nosotros, se colocaba siempre en los sitios más estratégicos desde el punto de vista de su responsabilidad personal, pero más inadecuados desde el punto de vista de la ética. El Che, sonriendo, le dijo:

No te preocupes, compañero. Por estos amigos respondo yo. Puedes estar tranquilo.

Al Ministro de Industrias le interesaba todo: la novedad del proyecto, su parte económica, los plazos de realización de las obras, la preparación de los cuadros técnicos que servirían en ella. Pero sobre todo le interesaban las condiciones en que vivían los constructores, su espíritu revolucionario.

Al saber que había comenzado la hora del almuerzo expresó su deseo de visitar el comedor. Yo me dirigí hacia mi coche para seguir al cortejo de tres automóviles unicolores en los que viajaba el Che y su escolta. Al ver que me iba, el Comandante me preguntó con una voz un poco desconcertada:

Ingeniero, ¿no quiere ir conmigo?

Seguidamente abrió la puerta delantera y, dejándome entrar, se sentó junto a mí.

Fueron unos minutos de viaje junto al Che, junto al hombre que más tarde pasaría a la Historia para figurar en ella con el ilustre nombre de Guerrillero Heroico. Aunque los minutos fueron breves tuvo tiempo para preguntarme sobre España, sobre mi familia y compañeros de trabajo.

El alboroto en el comedor era el habitual. Los obreros corrían por el mostrador de la cocina sus bandejas amoldadas para el autoservicio y nadie se dio cuenta de la presencia del Che: el uniforme verde olivo que éste vestía era el más difundido entre las vestiduras de todos los presentes.

El Ministro recogió su bandeja con los platos elegidos, se sentó a la larga mesa de madera y comenzó a comer. De pronto un rumor, que inmediatamente se convirtió en un clamor de entusiasmo, recorrió el comedor:

¡Está comiendo con nosotros el Che! ¡El Che!

Y la comida ya no le importaba a nadie: todos rodearon al Comandante y empezó una larga conversación de gallardos correligionarios. Yo estaba orgulloso de encontrarme en sus filas.

Cuando el mundo colgaba de un hilo

El tiempo se ha estropeado definitivamente. Sopla un viento muy frío y el Golfo de Méjico parece haberse enfurecido. Llueve a cántaros. El temporal no es muy adecuado para comenzar un desembarco, pero de los yanquis se puede esperar cualquier cosa.

La crisis - que pasará a la Historia con el nombre de la Crisis del Caribe - ha alcanzado su punto culminante.

He aquí un conciso resumen de los periódicos de aquellos días en el que se describen los acontecimientos que todos vivimos entonces.

El lunes 22 de octubre, el entonces Presidente de EE.UU. Kennedy anuncia por todos los medios de comunicación disponibles que ha comenzado una cuarentena estricta contra todo equipo militar embarcado con destino a Cuba, firma oficialmente dicho bloqueo naval en la noche del martes y el acto de piratería estadounidense entra en vigor a las 9 a.m. del miércoles, 23 de octubre.

Las agencias norteamericanas de noticias insisten en que la Unión Soviética y Estados Unidos van hacia un encuentro decisivo y que un choque directo entre ambas potencias puede ocurrir en las próximas 24 o 48 horas. Todas ellas coinciden en que ésta es, quizás, la crisis más grave en el mundo desde la Segunda Guerra Mundial.

Una poderosa flota de buques de guerra de Estados Unidos se desplaza por el Atlántico para interceptar los mercantes soviéticos en viaje a Cuba.

Ante la agresión yanqui Fidel declara alarma de combate.

El comunicado cubano dice:

A las 5 y 40 de la tarde de ayer el Primer Ministro, como Comandante en Jefe de las Fuerzas Armadas, dio la orden de alarma de combate, que sólo se establece en los casos de más crítico peligro, a todas las Fuerzas Armadas Revolucionarias. La medida fue tomada como consecuencia de las noticias procedentes de Estados Unidos, y las movilizaciones de fuerzas militares norteamericanas contra nuestro país. Rápidamente nuestras unidades de combate se pusieron en pie de lucha...

La nación ha amanecido en pie de guerra, lista para rechazar cualquier ataque...

A lo largo y ancho de la Isla resuena como un trueno, surgido de millones de voces, el grito ya histórico y glorioso, hoy con más fervor y razón que nunca, de "¡Patria o muerte! ¡Venceremos!"

Bertrand Russell, matemático, filósofo y pensador, envía los siguientes mensajes a Kennedy, al Primer Ministro británico Macmillan, Jruschov y U Thant, Secretario General de la ONU:

Al Presidente Kennedy:

Usted ha dado un paso temerario que amenaza a toda la humanidad. No es posible encontrarle justificación. Las personas civilizadas lo condenan. Los ultimatos significan la guerra. No hablo en nombre de las potencias, sino en nombre de una persona civilizada. Ponga fin a esa insensatez.

Al Primer Ministro Macmillan:

Invoco a usted para que impida que la insensatez norteamericana nos lleve a la guerra nuclear. Manifieste su opinión antes de que sea tarde.

A Nikita Jruschov:

Le exhorto a no caer en la provocación que crea el paso injustificado de los Estados Unidos en Cuba. El mundo aprobará la prudencia. Exhorto a lograr la condenación mediante la ONU. Las acciones prematuras pueden significar el aniquilamiento para la humanidad.

A U Thant:

Exhorto a usted a condenar inmediatamente el trágico paso dado por Estados Unidos.

El Gobierno soviético ha declarado que los círculos imperialistas norteamericanos intentan asfixiar a un Estado soberano miembro de la Organización de las Naciones Unidas. Cuba pertenece al pueblo cubano, y sólo él puede ser dueño de sus destinos.

Esta posición ha obligado a los EE.UU. a declarar que en cambio al desmantelamiento de las bases coheteriles en Cuba ellos están dispuestos a respetar la inviolabilidad de las fronteras cubanas, su soberanía, y que se comprometen a no invadirla ellos mismos y no ceder su territorio como plaza de armas para invadir Cuba.

Además, EE.UU. desmantelarán sus bases coheteriles de Turquía, país vecino de la URSS.

La Paz ha vencido a la Guerra.

Los yanquis, por desprecio racial, no conocieron nunca ni conocen la historia del pueblo cubano, el amor que profesa este pueblo por su patria, su devoción por los héroes que ofrendaron sus vidas por la dignidad de sus mujeres y niños.

Fidel ha obligado al gobierno de EE.UU. a pagar 50 millones de dólares por los 1.179 prisioneros que quedaron vivos en la aventura de la Bahía de Cochinos. Cada uno de ellos tiene un "precio" establecido por la justicia revolucionaria.

Sus amos, que fueron los que los adiestraron, armaron y ayudaron a desembarcar en Cuba deben reunir rápidamente ese dinero para liberarlos. El Gobierno de Cuba comprará con los dólares medicinas y alimentos para los niños cubanos.

Existe una crónica de aquellos acontecimientos. Los "héroes" del desembarco que no perecieron en combate aparecen temblando, con las manos en alto cuando son atrapados. Las caras de estos mismos personajes aparecen asustadas al ser enfocadas por la cámara cinematográfica en primer plano durante el juicio.

Siguen a estos repugnantes cuadros otros que relatan cómo la primera dama de los Estados Unidos "recauda" personalmente el dinero necesario entre los ricos.

Y, por último, cuando el dinero ya está en Cuba, los "héroes" llegan al territorio norteamericano del que partieron, donde les obligan a desfilar bajo la música de una marcha militar con banderas desplegadas ante una tribuna desde la que la hermosa Jacqueline arenga a aquellos desgraciados.

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