Los marinos de Severomorsk

La unidad de marinos soviéticos que hace unos meses desembarcaron en el puerto de Mariel con su técnica militar se instaló en el territorio de la desierta ex leprosería, lugar que rehuían los pocos habitantes de los bohíos y aldeas circundantes por miedo a contagiarse de una enfermedad tan grave.

El desembarco fue muy singular y estaba bien preparado: una compañía de marinos, todos vestidos de civil y en mangas de camisa, marchaba en línea portando aparatos especiales para pulverizar el terreno con una sustancia desinfectante.

Detrás de ellos otros marinos comenzaron el montaje de las barracas prefabricadas que trajeron consigo de Rusia. Al amanecer toda la unidad ya residía en sus viviendas bien amuebladas al estilo militar, tenían montada su guardia y habían camuflado entre el copioso follaje de las numerosas ensenadas de la bahía de Mariel todas sus pertenencias, incluyendo las lanchas torpederas y coheteriles que de la noche a la mañana, no se sabe de dónde, habían aparecido.

Los constructores de la termoeléctrica, por orden del Ministerio, habíamos cercado urgentemente el territorio del puerto de Mariel con un alto muro de bloques de hormigón y garitas para los centinelas de una unidad especial cubana que lo custodiaba. Uno de los días precedentes al comienzo del auge de la Crisis del Caribe hice amistad con el Jefe de la Unidad de los marinos soviéticos, capitán de navío, Pável Serguéev. Fue así.

De izquierda a derecha, Pável Serguéev, Jefe de la Unidad de los marinos soviéticos, capitán de navío, y el autor del libro

En la foto, de izquierda a derecha, Pável Serguéev, Jefe de la Unidad de los marinos soviéticos, capitán de navío, y el autor del libro

La emisora del dispatcher de la torre de control de la unidad constructora de la termoeléctrica pedía al coche Nº 2 - que era el mío - acudir urgentemente al muelle del puerto. Al entrar en él vi un cuadro que me emocionó.

Un cuarentón de mediana estatura y cuerpo robusto - que igual que sus fornidos compañeros lucía una camisa de cowboy - repetía a unos militares cubanos allí presentes un monólogo en ruso bien formulado, pero que sólo contenía las pocas palabras españolas que él dominaba:

Compañeros... yo ser comandante soviético... compresor... y torpedo.

El pobre "comandante" tenía los labios secos de tanto hablar y de su frente caían gotas de amargo sudor. En el atracadero del muelle les esperaba la lancha torpedera en la que habían venido desde su campamento. Al comprender lo que pedía - sin bajarme del "jeep" que yo llevaba - les traduje a los compañeros cubanos el contenido trágico del monólogo soviético: se requieren urgentemente dos compresores para rellenar de aire comprimido los correspondientes depósitos de los torpedos, pues el compresor de que ellos disponen no funciona.

Por el radioteléfono del coche pregunté al almacén de la construcción la marca y las características de los compresores de que disponíamos y, una vez apuntadas - por primera vez desde que me encontraba en el muelle - me dirigí en ruso al "comandante".

Al oírme hablar en ruso, éste se acercó de un salto al "jeep", me agarró con su fuerte mano mi muñeca izquierda que asomaba por la ventana del coche y, apretándola hasta hacerme daño - como reconoció después por temor de que yo fuese una aparición y me esfumase - me preguntó:

¿Usted es soviético, verdad?

Yo le dije sonriendo que no, que era cubano y que cuando soltase mi muñeca me llevarían al hospital para escayolarla, pues me parecía que ya me la había roto. Pero el "comandante" - que dijo llamarse Pável - no soltó mi muñeca hasta que no le entregué las llaves del encendido de mi coche, indicio de que yo no podía escapar. Luego me pidió que no me fuese hasta que no trajesen los compresores "¡por si acaso!".

En los 10-15 minutos que tardaron en traerlos logré aclarar dos "secretos" militares.

Primero: sus compresores no se habían parado sino, simplemente, no habían llegado aún, siendo posible que se encontrasen entre el equipaje de la otra unidad que vino con ellos a Cuba en el mismo barco.

Segundo: en todo el grupo tenían un solo traductor que, día y noche, acompañaba a su jefe máximo en las conversaciones que mantenía con el mando militar cubano.

Con ayuda de una grúa autopropulsada cargamos los compresores en la lancha torpedera. Me despedí de todos los presentes y le dije a Pável que, en caso de que me necesitase para algo urgente, se dirigiese al oficial de guardia del puerto diciendo: "¡Llame urgentemente a Pedro!" El oficial me encontraría rápidamente por el radioteléfono.

Nos abrazamos y yo salí del puerto hacia las obras de la termoeléctrica. Cual sería mi asombro cuando, transcurridos unos minutos, la emisora de la torre de control pedía de nuevo al coche Nº 2 que regresara inmediatamente al muelle. Se abrieron las puertas de entrada y lo primero que vi en el muelle fue la sonrisa de Pável Serguéev el cual - sin dejarme hacer ninguna pregunta y pidiendo que no le riñera - reconoció que había pedido al oficial de guardia que me llamara con un solo fin: comprobar que el "sistema de comunicación" efectivamente funcionaba.

En lo sucesivo nos veíamos con Pável muy a menudo, pues el colectivo de constructores de la termoeléctrica ayudaba mucho en la solución de problemas cotidianos a aquellos abnegados hombres que, abandonando sus familias y su patria, habían venido a defender la Revolución Cubana.

De izquierda a derecha, Enrique Zamorano, Pável Serguéev, Jefe de la Unidad de los marinos soviéticos, capitán de navío, el autor del libro y el capitán de fragata Shkipin

En la foto, de izquierda a derecha, Enrique Zamorano, Pável Serguéev, Jefe de la Unidad de los marinos soviéticos, capitán de navío, el autor del libro y el capitán de fragata Shkipin

La unidad de Pável procedía de la ciudad de Severomorsk, importante puerto militar situado en la Bahía de Kola - libre de hielos - del Mar de Barents.

La operación de su desplazamiento a Cuba fue preparada en un ambiente absolutamente secreto. Para despistar a los curiosos, los componentes de la unidad fueron incluso equipados con "válenki", botas altas de fieltro que se usan para andar por la nieve profunda. Según la costumbre rusa Pável se despidió de su esposa María y de sus dos hijos como habitualmente lo hacía antes de emprender viajes largos: todos se sentaron, permanecieron en silencio unos instantes y luego abrazaron y besaron al ser querido.

Llegaron al puerto de Odessa en un tren nocturno y, sin espera alguna, los embarcaron en un barco especial en el que - como decía Pável - ya estaban cargados todos los "trastos" de la unidad.

Zarparon y, mientras que era de noche, los hombres descansaban y respiraban aire fresco en la cubierta del barco. Lo más difícil de la travesía fue pasar el Bósforo y los Dardanelos: los prácticos de costa que subían al barco para guiarlo por ambos estrechos no debían advertir que el barco iba repleto de hombres que por su aspecto - aunque vestían de paisano - eran militares.

Para evitar dicho riesgo todo el grupo, compuesto de varios centenares de personas, se refugió en las asfixiantes bodegas del barco. El resto de los 23 días de viaje, sin escala en puerto alguno, fue algo más soportable: por las noches a cubierta y por el día, como regla, al interior del barco.

Fue ya en alta mar cuando el mando superior les comunicó a dónde se dirigían y con qué fines. A nadie amedrentó aquella novedad. Los marinos sabían que sus oficiales eran expertos y que, en su mayoría, habían luchado contra el fascismo alemán durante los cinco años de guerra.

Pável había comenzado su Gran Guerra Patria como infante marino, y fue herido varias veces. En su cuerpo se perfilaban las diversas cicatrices de las balas y metralla que habían pretendido acabar con él. Pero fueron incapaces de lograrlo: además de la envidiable constitución física de Pável y del arte de los cirujanos militares, en el hospital de campaña de su unidad había una simpática enfermera que le cuidaba con mucho esmero.

Ella se llamaba María y pronto pasó a ser - en diminutivo ruso - su esposa Máshenka, que le trajo al mundo a dos magníficos hijos y con la que ya hacía 10 años que vivían felizmente.

Los navíos de forman en orden de batalla

Como a todos mis compañeros de la construcción de la termoeléctrica la alarma de combate, declarada por Fidel el 22 de octubre, me pilló en Mariel. Todos los constructores engrosamos las filas de las unidades locales de las milicias obreras, encabezadas por el responsable de la construcción ingeniero Enrique Zamorano.

Aquella misma noche - por primera vez - la unidad marítima soviética que se amparaba en la Bahía de Mariel, se formó a la salida de ésta en orden de batalla, esperando las correspondientes órdenes del mando único. En los mástiles de las lanchas ondeaban las banderas soviética y cubana. Los marinos vestían sus uniformes de combate.

En la oscuridad de la noche tropical y en el silencio que a alrededor reinaba no era fácil encontrar a Pável. Por fin le localizamos.

Al principio no nos reconoció ni a Enrique ni a mí, pues vestíamos los uniformes de las milicias cubanas.

De derecha a izquierda, Enrique Zamorano, el responsable de la construcción de la termoeléctrica de Mariel en Cuba, y el autor del libro durante los días de la Crisis de Caribe vestidos de uniforme militar

En la foto, de derecha a izquierda, Enrique Zamorano, el responsable de la construcción de la termoeléctrica de Mariel en Cuba, y el autor del libro durante los días de la Crisis de Caribe vestidos de uniforme militar

Nos abrazó a ambos y a mí, además, me besó a lo ruso. Apartándome a un lado sacó del bolsillo izquierdo de su guerrera una foto y, encendiendo la débil luz de su linterna personal, la enfocó. Era la fotografía de María con sus dos hijos. En el ángulo derecho inferior de la foto un escrito anunciaba:

Voy a la muerte con vosotros en mi corazón. Vuestro Pável. La Habana, 22 de octubre de 1962

Yo no podía hablar, se me había hecho un nudo en la garganta. Nos abrazamos una vez más y pude decirle al oído:

¡Pável, con nuestras familias nos reuniremos algún día en mi casa de Moscú!

Lo dije de todo corazón, para ayudarnos a ambos en nuestra tristeza, aunque en aquella negra noche de angustiosa espera ninguno de los dos podíamos creer en ello.

Las radios de las lanchas transmitían órdenes cifradas. Una veintena de barcos de guerra estadounidenses cercaban la costa y la salida de la bahía. Así transcurrió la noche. Al amanecer toda la técnica soviética regresó a sus escondites de la bahía.

Nosotros proseguimos la construcción de la termoeléctrica, sin quitarnos los uniformes ni dejar las armas.

Fidel es comunista, Nikita es fidelista...

Desde por la mañana del martes, 23 de octubre, hemos montado una guardia especial contra posibles "hombres ranas" que pudiesen alcanzar nuestra costa desde los barcos norteamericanos para colocar explosivos en las estructuras de la termoeléctrica. La propaganda anticubana dice que lo que estamos construyendo es una base para los submarinos soviéticos con armas nucleares.

Me preocupa una cosa. Pável me ha dicho en cierta ocasión que sus muchachos muestran gran interés por conocer los textos de las numerosas intervenciones de Fidel, el Che, y otros dirigentes de la Revolución cubana. Comenta Pável que todos ellos se sientan ante los televisores y, sin comprender una sola palabra en español, horas enteras permanecen atentos, escuchando aquellas palabras mágicas pronunciadas por los dirigentes que con tanto entusiasmo acoge el pueblo cubano.

A los marinos les impresiona la forma de intervenir de estos portavoces que, sin papel alguno en la mano, atraen la atención genuina de millones de oyentes en toda la Isla. Y es que los jóvenes dirigentes de la Revolución cubana son espléndidos oradores que refuerzan sus ideas con la entonación de sus voces, con sus gestos.

Enrique apoya la idea de organizar en el campamento de los marinos soviéticos mítines con la participación de los constructores de la termoeléctrica y leer en ellos en ruso los principales pasajes de las intervenciones de los líderes cubanos. Dicho y hecho.

Unas fotos del archivo familiar recogen la imagen de una tribuna, formada improvisadamente en un camión militar, en la que Enrique, Pável y el autor de este libro, comentan a los marinos soviéticos las recientes intervenciones de Fidel y sus colegas.

En la tribuna, de izquierda a derecha Pável Serguéev, el autor y Enrique Zamorano

En la foto, en la "tribuna", de izquierda a derecha Pável Serguéev, el autor y Enrique Zamorano

El mitin fue un éxito. Zamorano invitó a este primer encuentro a un cantautor colombiano amigo suyo, célebre entonces por las populares canciones revolucionarias que entonaba acompañado de su acordeón:

Dicen los americanos

Que Fidel es comunista.

Y no dicen que Batista

Mató a veinte mil cubanos...

Cuba sí, Cuba sí,

Cuba sí, yanquis no...

O esta otra:

Fidel es comunista,

Nikita es fidelista...

Alguien tradujo el texto de las canciones, los marinos aprendieron las palabras y, bajo la dirección del cantante, participaron en la fiesta.

Un grupo de marinos soviéticos y obreros cubanos de la termoeléctrica en el mitin

En la foto: un grupo de marinos soviéticos y obreros cubanos de la termoeléctrica en el mitin

Así, encontrándonos entre los bastidores del principal anfiteatro de la guerra fría, fortalecíamos el convencimiento común de la legitimidad de nuestra causa y nuestro ánimo.

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