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Capítulo VIII. En la Isla de la aurora purpúrea. Parte 5

Pepín y Consuelo

A principios del año 1963 a todo el colectivo de hispano-soviéticos nos esperaba un agradable e inolvidable acontecimiento. Se reunieron dos magníficas personas que, amándose y teniendo dos hijas, habían sido separadas forzosa e injustamente para casi 25 años: primero por la Guerra civil española y luego por algunos indecentes del KGB soviético.

 

Él era el capitán José Daniel Álvarez Rubiera, nuestro entrañable Pepín, vasco de nacimiento, que había luchado al lado de la República los 32 meses de la guerra civil española. Una vez terminada ésta José Álvarez fue acogido por la URSS como emigrado político. En la guerra contra la Alemania nazi y sus aliados Pepín participó, como alto oficial de un navío soviético, en las célebres y peligrosas travesías de las caravanas marítimas que, desde las costas occidentales de EE.UU., transportaban a la URSS el armamento y los víveres necesarios para cooperar a llevar la guerra contra el enemigo común. El envío de dichas mercancías se realizaba de acuerdo con el sistema de préstamo y arrendamiento (lend-lease) que Estados Unidos mantenía con sus aliados en 1941-1945.

Durante una de las numerosas purgas de aquellos trágicos años José Alvarez fue acusado injustamente de "espionaje y traición", fue detenido, torturado y encerrado para muchos años en los campos del tristemente célebre GULAG, de donde salió sin un pulmón y con la médula enferma. Ahora ya hacía unos años que el capitán Álvarez, como buen especialista en el arte marítimo, prestaba sus servicios al Gobierno cubano.

El capitán José Álvarez, Pepín, en la Plaza Roja de Moscú, 1960. Foto de José Arregui

1960. El capitán José Álvarez, Pepín, en la Plaza Roja de Moscú. Foto de José Arregui

Ella era Consuelo Fontán, su esposa, a la que Pepín vio por última vez con sus dos pequeñas hijas Julita y Consuelo al final de la guerra civil. La odisea que pasó Consuelo con las dos niñas es uno de los numerosos poemas a la mujer española de aquellos trágicos tiempos, que los escritores españoles no terminan de escribir.

1962. Cuba. El capitán José Álvarez, Pepín, con su hija Julia

1962. Cuba. El capitán José Álvarez, Pepín, con su hija Julia

Después de numerosas y largas peripecias Pepín logró traer a La Habana a sus seres queridos. Es difícil describir aquel encuentro: se reconstruía ante nuestros ojos una familia que ni el fascismo español ni los matones del GULAG pudieron destruir.

Y es que los verdugos de estas dos instituciones eran tan ignorantes que no sabían que la familia es una categoría histórica, cuyo papel queda determinado por su participación directa en la reproducción del hombre y el prolongamiento del género humano.

En este proceso histórico es el Amor, y no el Odio, el que dicta el Futuro de la Humanidad.

1968. Pepín y Consuelo con su hija Julia y sus nietos Julita y José Antonio

1968. Pepín y Consuelo con su hija Julia y sus nietos Julita y José Antonio

Para organizar el festejo de las bodas de plata de aquella encantadora pareja creamos una Comisión, que pronto repartió todo el trabajo a realizar entre cada uno de nosotros.

A Inna y a mí nos fue confiada la compra de todas las mejores flores que hubiese en la capital cubana el día de la fiesta. Yo, además, era uno de los "pequeños cisnes" que en el concierto que preparábamos para aquel día debíamos bailar la célebre danza del ballet de Chaikovski "El lago de los cisnes".

Durante toda una semana seis "gansos" de 35-38 años - casi todos como yo, con considerables y brillantes calvicies - ensayábamos por la noche bajo el control y presencia del "maestro de baile", un "enchufado" del Comité organizador muy duro de oído que nos hizo sudar hasta que la danza alcanzó, según su apreciación, "el nivel del Bolshoi".

Nuestro vestuario constaba de unos pantalones largos remangados hasta las rodillas - que el "maestro" aseguraba permitiría a los espectadores ver mejor nuestras torcidas y peludas piernas -, unas zapatillas de payaso y una ancha cinta de color rosa, que ceñía nuestra frente al estilo indio y que hacía resaltar aún más - como si ello fuese posible - las calvicies de los "pequeños cisnes". Nuestra danza, a petición de Pepín y Consuelo - que se morían de risa - y de los clamores ¡bis! del público, tuvo que repetirse dos veces.

Las bodas de plata fueron un éxito.

El salón del hotel donde las celebramos estaba adornado con flores y pancartas de "¡Vivan los novios!" Las felicitaciones de los amigos españoles, soviéticos y cubanos allí presentes, los parabienes que llegaban al hotel en forma de telegramas y llamadas telefónicas nacionales e internacionales - incluso radiotelefónicas desde barcos cubanos en alta mar - los regalos de boda, las preciosas canciones populares españolas, rusas y cubanas que entonó el coro allí mismo organizado con el nombre de "Voces de amigos", alargaron la fiesta hasta muy entrada la noche.

El Comandante Alberto Bayo

La profesora de inglés de mi hija lleva a María a todos los sitios donde se puede practicar bien la lengua que estudia. Como ella dice "para aprender a nadar hay que tirarse al agua". Hoy la ha llevado a casa de una amiga que las ha invitado a tomar té.

El mundo es un pañuelo, y en aquella casa la alumna Dulce Reinosa Mendiola - es decir, mi hija - se ha encontrado con el Comandante del Ejército Rebelde Alberto Bayo que, con su esposa Carmen, también habían sido invitados en calidad de viejos amigos de la familia anfitriona a tomar té.

El Comandante resultó ser el célebre capitán Bayo que había dirigido en España en 1936 el desembarco de las fuerzas republicanas en la isla de Mallorca.

Hijo de madre cubana y padre español, Bayo había impartido en Méjico sus clases teóricas sobre temas militares con aquel grupo de 82 jóvenes expedicionarios del buque "Granma", encabezados por Fidel Castro, que años después derrocarían al régimen dictatorial de Batista.

Durante el té Bayo - como reconoció después - escuchaba con mucha atención las opiniones que aquella niña de 13 años tenía sobre los temas que se trataban y cuya nacionalidad no pudo determinar, hasta que la maestra canadiense no le convenció de que era soviética, de padre español y madre rusa. Como hombre ducho en la vida, el Comandante dejó caer algo en la conversación sobre la guerra de España, tema que para María era habitual escuchar en casa de su abuelo Virgilio en Moscú.

Ya comenzaba a anochecer cuando sonó el teléfono de nuestro apartamento. Al otro lado de la línea una voz preguntó si yo era Pedro Reinosa y, al oír mi confirmación, me dijo:

¡Si no me equivoco, soy amigo de tu padre!

El Comandante Bayo, con voz sonora y alegre, me pidió por teléfono permiso para traer a casa a mi hija Dulce.

Al poco tiempo el apartamento 1024 del hotel "Sierra Maestra" (antes llamado "ICAP") ya estaba invadido por las voces amigas de Alberto Bayo, su esposa Carmen y de los guardaespaldas del Comandante.

Fue una noche de recuerdos del pasado, de repaso de aquella hazaña que una unidad de valientes e inexpertos milicianos, soldados y oficiales leales a la República, realizaron en 1936 en tierras mallorquinas. Alberto Bayo describió en 1944 aquellos sucesos en su libro "Mi desembarco en Mallorca".

En el archivo de mi padre se guarda una carta del Comandante Bayo:

Cmdte. Alberto Bayo

¡Cuba Sí, Yankis No!

2 de abril de 1963

Querido Virgilio:

... Por aquí trabajando mucho contra la reacción, y el espíritu del pueblo cubano es tan grande que podéis estar allí seguros que moriremos todos en la pelea si es necesario, pero que esto no será París cuando el avance alemán.

Un fuerte abrazo

Alberto Bayo

Los doctores Mackook y Laudelina Álvarez

Si ambas enfermedades que me acosan - la endoarteritis obliterante y la tromboflebitis - habían comenzado su ataque en la URSS por la pierna izquierda ahora aquí en Cuba, inesperadamente, han empezado a acometer a su gemela, a la pierna derecha.

Mi pierna derecha me duele mucho, hasta tal punto que me es difícil conducir el coche los 150 kilómetros que diariamente recorro en el trayecto La Habana-Mariel-La Habana. Me han recomendado que me vea un doctor cubano de apellido Mackook, que como dicen es aquí el mejor especialista en enfermedades del sistema vascular. Fuimos con Inna a su consulta. Nos atendió con mucha amabilidad, acababa de realizar un viaje a la URSS en compañía de un grupo de doctores cubanos.

Su dictamen médico fue implacable y determinante: se percibían los primeros síntomas de un proceso gangrenoso de los tejidos del pie derecho y proponía probar a detener dicho proceso mediante una operación denominada simpaticotomía lumbar, cuya esencia, como creo comentar en otro capítulo, era alcanzar con el bisturí el gran simpático, es decir, el conjunto de nervios que se extiende a ambos lados de la columna vertebral con multitud de ganglios.

No había otra salida y yo di mi conformidad. Me operó el doctor Mackook, teniendo como médico anestesista a la doctora hispano-soviética Laudelina Álvarez, especialista muy experimentada, que por su trabajo en la URSS fue condecorada con la Orden de la Bandera Roja del Trabajo.

Lala, como familiarmente nosotros la llamamos, no sólo es una magnífica doctora. Es, ante todo, una fiel amiga dispuesta siempre a ayudar a todos sus compañeros.

La operación, efectivamente, retardó unas semanas el desarrollo de la gangrena, pero no pudo detenerla: los tejidos de tres dedos del pie derecho empezaban a atrofiarse para al poco morir, y eran unos puntos negros en estos dedos, acompañados de indescriptibles dolores, los que prevenían que me amenazaba un serio peligro al que debía salir al encuentro como un hombre, y no, como dice la gente de pueblo, como una avestruz, que parece ser que cuando algo la amenaza esconde la cabeza, dejando el culo al aire.

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