El encuentro con mi madre transcurridos treinta y cuatro años

Hacía mucho que no habían arreciado tanto las heladas invernales como en el invierno de 1967-1968: las temperaturas matutinas en Moscú alcanzaban 35 grados bajo cero.

Me llama por teléfono mi hermano Carlos desde su casa en París para comunicarme la sensacional noticia: nuestra madre acaba de llegar a Valencia desde Buenos Aires para celebrar una parte de las Navidades con la familia de Carmen; después saldrá para París, donde celebrará el Año Nuevo, y desde aquí ("¡agárrate al teléfono, Virgilio, para que no te caigas!") - saldrá en avión a Moscú.

Al día siguiente comenzamos febrilmente con Inna los preparativos.

Otra llamada telefónica de Carlos me dejó atónito: mi madre no tenía el visado soviético para entrar en el país. Acostumbrada toda su vida a viajar por el mundo con las compañías de teatro, ella nunca se había preocupado, como es natural, de los visados. Ello era asunto del administrador.

Fueron al Consulado de la URSS. Mi madre estaba nerviosísima. Explicó brevemente al Cónsul el busilis del asunto, haciendo hincapié en el hecho de que, por causas de las guerras, hacía ya 34 años que no veía a su hijo Virgilio - por cierto Caballero de la Orden de Lenin, ex diputado del Soviet de la ciudad de Stávropol en el Volga, Ingeniero Superior de una Dirección Principal...

Pero todo fue inútil. A aquel señor todo le importaba tres pitos. Decía que, una vez mi madre rellenara los impresos necesarios, se requerían de 3 a 6 meses para recibir el esperado visado.

¿Qué hacer? Inna lloraba de rabia y decía que le daba vergüenza de su país, como si Rusia fuese culpable de lo ocurrido.

Repentinamente se reflejó en mi memoria la simpática cara de un funcionario que trabajaba en el Departamento de Asuntos Internacionales del CC del PCUS y llevaba los asuntos de España. Lo conocí cuando él trabajaba en la Redacción española de la Editorial "Progreso" de Moscú, donde también trabajaba mi padre.

Le llamé por teléfono y le expliqué de lo que se trataba. Con una tranquilidad olímpica, digna de envidiar, simplemente me preguntó el nombre y apellidos de mi madre, me aseguró que ella podía recibir el visado en el Consulado soviético de París al día siguiente, y me pidió transmitiese en su nombre cordiales saludos a mi padre.

No pegamos ojo toda la noche. Cuando, por fin, a mediodía sonó el teléfono de mi casa juraría que su timbre era el más sonoro del mundo. Mi hermano me confirmó que ya tenía en sus manos el visado para nuestra madre, me dijo que los rusos - cuando quieren - lo hacen todo muy rápido, muy bien y con mucha cortesía, y que - para no comprometerla ante las autoridades españolas por incumplir lo prescrito en el pasaporte español - el sello del visado se lo habían puesto en un suplemento, que retirarán en Moscú los guardafronteras soviéticos cuando ella abandone la Unión Soviética.

Al final de la conversación Carlitos me preguntó con mucha coña:

Oye, Virgilio, ¿qué has hecho con este Cónsul en el transcurso de la noche? Parecía otra persona, nos invitó incluso a tomar café y no paraba de sonreír.

El encuentro en el aeropuerto internacional de Sheremétievo fue inolvidable.

Nada más que anunciaron por radio la llegada del vuelo procedente de París me dirigí al vulgarmente llamado "acuario" - al que sólo se permite entrar a las personas encargadas de recibir a los "peces gordos" - y dije al miliciano que guardaba la puerta de entrada:

Voy a recibir a la artista española Francisca Más Roldán, que llega en el vuelo de "Aire France".

Yo decía la verdad y el buen hombre, sin objetar nada, me dejó pasar. Era la misma sala en la que se encontraban los puestos de control de los guardafronteras y aduaneros.

Una vez dentro elegí un banco desde el que abarcaba perfectamente con la mirada todos los puestos del control fronterizo. Estaba emocionado. De repente oí una voz argentina que decía en español:

¡En el pasaporte no! ¡Ponga el sello en este papel!

Era la voz de mi madre. Plantada ante el joven guardafronteras del puesto de control ella actuaba enérgicamente, protegiendo su pasaporte que podía delatarla a las autoridades franquistas.

¡Con qué gracia gesticulaba y qué guapa estaba!

El público que presenciaba aquella escena constaba de cuatro o cinco pasajeros, que esperaban el paso por el puesto de control, y de su hijo que lloraba sentado en un banco.

Cuando, nada más llegar a casa, le dije a mi madre que - para que descansase bien - le habíamos reservado un apartamento en un hotel céntrico, ella quedó perpleja y nos preguntó:

¿Es que no queréis estar conmigo? Yo quiero dormir sintiendo que estáis a mi lado.

Nos echamos a reír. Inna le enseñó la cama de Andrés, que ya tenía preparada para que ella durmiese en la misma habitación que su nieta María. Andrés dormiría en una cama plegable con nosotros en la sala-comedor. Todo quedó resuelto muy bien y rápidamente.

Hasta el momento habíamos ocultado de Virgilio el mayor la visita de mi madre: no sabíamos cómo la acogería. ¿No influiría en la aceleración de mi regreso a España el ansia de una madre de 65 años para estar al lado de sus tres hijos?

Pudiera ser que las autoridades franquistas permitiesen alguna vez a nuestra familia entrar en España, pero mi padre estaba excluido de esta posibilidad. Franco le había condenado, como a muchos otros españoles, a un destierro eterno. Eso no le asustaba mientras nosotros cuatro estábamos a su lado, pero con la vejez la soledad le infundía temor. Yo ya era el único hijo que Virgilio tenía a su lado en la Unión Soviética.

Ahora ya le podía llamar por teléfono y comunicarle la noticia bomba de la llegada de mi madre. Aunque me oía bien, no podía creer lo que yo le decía.

Pronto sonó el timbre de la puerta de casa. Era mi padre.

Es difícil describir aquella escena de su encuentro. Dos seres humanos - a los que las vicisitudes de la vida les habían obligado a estar 36 años separados; dos personas que siendo muy jóvenes se habían casado y tenían tres hijos - se miraban uno al otro como extraños.

Ella, a sus 65 años, se había conservado muy bien y parecía mucho más joven. Había vivido esos 36 años en el mundo del teatro, representando en escena envidiables papeles de esposa, madre, abuela que ella misma, desgraciadamente, no había tenido ocasión de disfrutarlos en su vida privada.

Él, a sus 72, parecía un anciano. Sólo había vivido en el mundo de la revolución y de la guerra. Derrotado, pero no vencido, ahora vivía con dignidad envidiable en la emigración, encorvado por la edad y cojeando por culpa de las heridas de la pierna, pero siempre con esperanzas de algo que inminentemente debía acontecer en España para el bien de su pueblo, y en aquel algo él debería estar presente.

Sabía perfectamente cuál era su papel en la vida y no esperaba la repartición de papeles de los nuevos espectáculos para cambiar el suyo por otro cualquiera.

Poco a poco los recuerdos del pasado, acompañados de incesantes "¿te acuerdas Paquita cómo...?" o, "¿recuerdas Virgilio cuando...?", les fueron acercando a aquellos felices años de su juventud y de mi infancia. Sus ojos brillaban de alegría y poco a poco iban rejuveneciendo los dos.

¡Así quería verlos yo siempre!

Me pareció advertir en ambos cierto temor de llegar en sus recuerdos al día de su obligada separación y encontrarse al borde de aquel "agujero negro" que devoró tantos años de sus vidas.

Por la noche, cuando todos se durmieron, me senté en la cocina y traduje al español la poesía "El teatro", de Nicolai Gumiliov, poeta ruso fusilado en 1921.

A la mañana siguiente se la leí a mi mamá y se la regalé:

Todos nosotros, los santos y los ladrones,

Del altar y del presidio,

Todos nosotros, somos ridículos actores

En el teatro del Señor.

Dios se sienta solemnemente en el trono,

Mira, riéndose, a la escena,

Las estrellas en la suntuosa túnica

Parecen destellos de oropel.

Qué bien y holgado se está

En el palco de la luz eviterna.

La Virgen María, satisfecha,

Inclinándose, mira el libreto:

- ¿Hamlet? Debe estar pálido

¿Caín? Éste debe ser cruel...

Los espectadores quedan pasmados

Ante las victoriosas y radiantes

Trompetas de los ángeles.

Dios, agachándose, observa,

Tiene vivo interés en la pieza,

¡Sería lamentable si Caín sollozase

O si Hamlet experimentase la felicidad!

¡Así no debe ser de acuerdo con el plan!

El desarrollo del espectáculo,

Para evitar los descuidos,

Se lo ha confiado al Dolor - Titán sordo

El Dolor se yergue cual una montaña,

Se extiende como una enmarañada red,

A todos, extenuados por la interpretación,

Fustiga con el ensangrentado látigo.

Se multiplican los tormentos y los castigos...

Y crece la angustia:

¡¿Qué ocurrirá si no termina la fiesta

En el teatro del Señor Dios?!

A petición de mi madre un día invitamos a comer a casa a los mejores amigos y amigas de María, y otro día a los de Andrés.

Sentada en su sillón, sin comprender nada de lo que hablaban por desconocer la lengua rusa, escuchaba atentamente la conversación de los jóvenes y de los niños sin molestarlos. Luego nos dijo a Inna y a mí que los amigos de nuestros dos hijos eran personas muy sencillas, educadas y buenas. ¡Mi madre, además de artista, resultó ser buena psicóloga!

Aunque hacía bastante frío, nos pidió que la enseñásemos en el patio de nuestra casa a esquiar, y que la fotografiásemos. En sus pensamientos ya tenía montada una escena que debía contar a sus amigos nada más llegar a Baires: en Rusia había participado en una competición deportiva de esquiadores.

Paquita y el autor en el patio de su casa

En la foto: Paquita y el autor en el patio de su casa

Cuando aminoraron las heladas María salía a pasear con su abuelita por el centro de Moscú y por las Montañas de Lenin, donde se encuentra el edificio principal de la Universidad en la que Máshenka estudiaba en el primer curso.

Abuela y su nieta paseando por las calles de Moscú aquel invierno

Abuela y su nieta paseando por las calles de Moscú aquel invierno

Un día María la invitó a comer un helado en la calle. ¡Mi madre, que tenía miedo de que se le helasen la nariz y las orejas, se comía un helado al aire libre en el frío Moscú!

Me imagino cómo describiría este cuadro a su público de amigos y conocidos en las charlas de Paquita por la TV argentina. Además, el helado lo había comprado su nieta rusa con el dinero de su beca, que recibía mensualmente por estudiar bien.

Inna preparaba ricos manjares a todas las horas del día y mi madre quería llevarse a Argentina todas las recetas de la cocina rusa para agasajar a sus amigos. Cinco de las catorce felices tardes que pasó en Moscú las dedicamos a ver magníficos espectáculos en el "Bolshoi", en el "Malyi" y en la "Taganka", en el Teatro de la opereta y en el célebre en todo el mundo Circo de Moscú.

Le impresionó mucho la profundidad con que los artistas del "Malyi" representaron sus papeles de la obra de Griboédov "La desgracia de ser inteligente".

Luego, ya en casa, mi padre profundizaría en los principios del sistema de Stanislávskiy que él había estudiado. En este conjunto de la teoría escénica, del método y de la técnica artística se basaban los espectáculos de las mejores compañías teatrales soviéticas. Lamentaba entonces mi padre que ya no viviese Vsévolod Meyerjold, magnífico actor ruso que en 1928 puso por primera vez en escena dicha obra de Griboédov. Virgilio había visto la obra en 1935, durante su primera emigración en la URSS.

Bajo el efecto de las impresiones que entonces le causó el espectáculo de "Fuenteovejuna" que presenció en el teatro, mi padre había escrito una larga carta a Meyerjold (muchos años después publicada en un libro soviético dedicado a éste), cuyo encabezamiento era:

Al compañero Meyerjold, digno de admiración.

El destinatario fue detenido por el KGB en mayo de 1939 y fusilado en febrero de 1940. ¿Por qué fue fusilado? Pues, precisamente, como decenas de miles de otras víctimas, por ser digno de admiración. Algún soplón - "stukach" envidioso - lo delató a petición de los esbirros de esta repugnante organización de matones.

En general, Rusia y las personas que conoció mi madre en aquella breve estancia en Moscú dejaron una profunda huella en su corazón.

Antes de regresar a Buenos Aires nos dijo que se iba tranquila, que estaba convencida de que nosotros éramos felices, que vivíamos con un pueblo que por su forma de ser se parecía mucho al español y que no dudaba que este pueblo deseaba paz y prosperidad. Nos prometió regresar otra vez, pero para más tiempo.

Sheremétievo no había cambiado en estas dos semanas. En la mirada de mi padre me pareció advertir cierto dolor y envidia blanca. Fue el último ¡adiós! que la dio en su vida.

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